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  • Edición impresa de Junio 21, 2016.

Vidas vacías

Por MARINA ORTIZ MINGOT. Nos olvidamos de los valores y de las relaciones humanas, cada vez más se impone una cultura egoísta e individualista en la que sólo importa tener.

Si mañana todos los aparatos electrónicos del mundo dejaran de funcionar ¿cómo reaccionaría la humanidad?

En la actualidad no concebimos un mundo sin un ordenador, un coche, ni grandes superficies comerciales. Nuestra vida cambiaría drásticamente sin ellos. Pensamos que no seríamos capaces de llevar una vida “normal”. Esto se debe al grado de dependencia que se ha alcanzado respecto a las creaciones tecnológicas del ser humano y a supuestas necesidades creadas. Se busca de manera constante el avance, la innovación y -aunque es importante en ciertos aspectos como en medicina o nuevas formas de obtener energía-, en muchos casos se consigue sólo a un nivel material no tan imprescindible.

Nos olvidamos de los valores y de las relaciones humanas, cada vez más se impone una cultura egoísta e individualista en la que sólo importa tener. Pero ¿para qué? Se cree que con el ocio y los grandes lujos cubrimos esa búsqueda de la felicidad; sin embargo, en la mayoría de casos, no son los que nos hacen disfrutar la vida y aprovecharla.

Somos seres sociales, por ello necesitamos comunicarnos y ahí se encuentra gran parte del sentido de la vida: ser capaces de vivir en armonía con los demás, no perder la empatía, la solidaridad, encontrar el modo de vida que necesitamos sin que nuestros actos perjudiquen al resto.

Todas las desgracias que les ocurren a unas personas por culpa de otras y nuestra indiferencia ante ello muestran que no somos una sociedad tan avanzada como se cree. Es un desarrollo frío e industrializado en un mundo con falta de desarrollo emocional y personal. Cada vez cuesta más pararnos a consolar a alguien que sufre, ayudar en problemas que no nos afectan de forma directa. En definitiva, hacer algo por alguien o por el medio que usamos para vivir y que de forma paradójica olvidamos que debemos cuidar, ya no sólo por el bienestar de las generaciones futuras, sino que ni siquiera lo hacemos por nosotros mismos.

Quizá la cuestión no se debe fijar tanto en trabajar, producir y ganar dinero para gastarlo de la forma más llamativa posible, sino en encontrarnos a nosotros mismos, conocernos y saber qué nos mueve en sociedad. Saber desarrollar valores básicos que nos ayuden a compartir nuestro día a día con los demás. Quizá así restemos importancia a problemas banales que nos hacen estar enfadados o tristes para llegar al fondo de las situaciones que en realidad necesitan nuestra atención, y que al final nos reconfortarían más que, por ejemplo, tener el último Smartphone salido a la venta.

 


 

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