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  • Edición impresa de Junio 21, 2016.

Maldito odio, bendita solidaridad

Sean cuales fueran las motivaciones del individuo que perpetró en Orlando, Florida, el peor tiroteo en masa en la historia de Estados Unidos, es otro triste ejemplo de las consecuencias devastadoras de la intolerancia, el odio y el prejuicio.

El responsable, un joven estadounidense nacido en Nueva York de padres afganos, presuntamente juró lealtad al grupo terrorista ISIS y habría estado en la lista de personas de interés para el Buró Federal de Investigaciones (FBI), como también habría expresado su rechazo a la comunidad gay. El escenario del ataque fue un centro nocturno LGBT que celebraba su Noche Latina. Muchas de las víctimas son hermanos hispanos.

Alguien capaz de llevar a cabo un ataque de esa magnitud ejemplifica las consecuencias horrendas que pueden tener el odio y el prejuicio contra otros, sean quienes sean.

Además, la masacre plasmó nuevamente las consecuencias trágicas del fácil acceso a las armas, en este caso a armas militares, sobre todo cuando caen en manos de personas desequilibradas.

Cada vez que ocurre una masacre, se habla de la necesidad de mejores controles para la venta de armas, pero todo es ahogado por un poderoso grupo cabildero y por los políticos a quienes compran.

Cada vez que ocurre una desgracia, los oportunistas politiqueros tratan de utilizarla para seguir explotando el miedo y el prejuicio.

El virtual nominado presidencial republicano, Donald Trump, usó la plataforma de Twitter, primero para denunciar la tragedia pero como carece de autocontrol, fue escalando hasta comenzar a lanzar ataques políticos, incluso diciendo que si el presidente Barack Obama no decía que se trató de terrorismo islámico radical debería “renunciar en desgracia”.

Tampoco pudo evitar su narcisismo y agradeció a quienes lo han felicitado “por estar en lo correcto en torno al terrorismo islámico radical”. “Pero no quiero felicitaciones. Quiero dureza y vigilancia. Tenemos que ser inteligentes”, agregó Trump.

Con una tragedia de esta magnitud, uno esperaría autocontrol y solidaridad de parte de quienes aspiran a llevar las riendas de la nación. Pero estamos en la era de Trump y en medio de una agria contienda presidencial. El magnate naranja, cuya campaña se sostiene en el miedo y el prejuicio, no pudo controlar su sed de protagonismo.

Pero no todo está perdido. Como suele ocurrir en medio de la tragedia, las muestras de humanidad y solidaridad sirven de bálsamo. Miles de personas hicieron fila para donar su sangre a las víctimas; otros miles donaron a los fondos de asistencia, a los policías y a otros. No hubo distinciones de raza, etnia, religión u orientación sexual. Somos estadounidenses dolidos por una violencia sin sentido que les arrebató la vida a otros estadounidenses. La solidaridad y el amor son más fuertes. El maldito odio, venga de donde venga, no prevalecerá.

 


 

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