“Carta a mis hijosā” Amados Itzel y Emilio:

Ya es de madrugada y los afanes del día ya han pasado. La mañana es fresca y la quietud siempre invita a reflexionar y a pensar, aunque no queramos, con más profundidad. Hoy quise finalmente empuñar el arma liberadora de la pluma y las letras y dejar libres mis sentimientos cuales aves en el vasto cielo azul. Nunca me he considerado un buen escritor, mucho menos cuando trato de expresar, con claridad y belleza, el inmenso y profundo amor que Dios me ha dado para ustedes: Mis retoños. Solo le pido al artista de artistas, al que es Verbo, a aquel que embellece lo mas horripilante y nos deleita con amaneceres y atardeceres llenos de color y nos llama a apreciar la belleza cada día en los detalles de la vida, que me deje pintarles con palabras lo que ha hecho nido en mi corazón: Mi amor de padre por ustedes.

Cuando tu naciste Itzel, estaba realmente anonadado, pasmado, impresionado, boquiabierto y cualquier otro adjetivo parecido que defina mi respuesta a semejante acontecimiento. Mil sentimientos se trenzaron en mi alma y se arremolinaron en mis entrañas (porque he aprendido que los hombres también tenemos entrañas) y solo atinaba a verte y a llorar las lagrimas más dulces que recuerdo. Me enamoré de ti sabiendo que lo único que podía pasarle a ese amor era crecer y crecer, madurar y madurar y darme tanta felicidad que a veces me siento mal al ver a otros padres no saborear las dulzuras de la paternidad. Ya tienes cuatro años y la gracia, la sensibilidad y la curiosidad han crecido contigo. Solo le pido a aquel quien es sabio y nos sabe enseñar, sabiduría de lo alto para saberte guiar por el mejor de los caminos y la mejor de las veredas. No sabes cuanto pido que pueda yo ser, en las manos del Altísimo, un instrumento que te permita desarrollar las más altas aspiraciones, que en su amor y sabiduría, el tenga para ti. Quizá nunca realmente te des cuenta de las tantas cosas con que has llenado mi vida. Lo que me has enseñando y las alegrías con que salpicas mi alma cada día. Te he visto crecer cada milímetro y cada gramo. Te he visto llorar y reír, sufrir y llenarte de felicidad. Te he visto batallar y triunfar. Te he visto portarte mal y hacer berrinches y portarte bien y cantar de alegría. Te he visto emocionarte y orar a Dios con una fe tan profunda que a veces envidio. Por eso, conozco tu alma y tu corazón bueno. Sé de tus temores y de tus sueños. Sé también de tus tristezas y alegrías. Sé de tus amigos y tus maestros. Te he abrazado tantas veces que ya conozco la tibieza de tu cuerpo y hasta el olor de tu cabello. En tus ojos negros y curiosos, he visto a Dios mirándome y en tu sueño plácido y sereno, he visto su paz y gracia. Te amo mucho Itzel, princesa mía, y solo le pido a Dios que cada día me deje mostrártelo en acciones y hechos.

Cuando tu Emilito llegaste a nosotros tenias dos meses de edad y desde el principio nos robaste el corazón a los tres. Rápido y con una energía sin igual te abriste paso a través de tus limitaciones. Tus terapistas se han asombrado ante tanto progreso, ante tanto arrojo, y ante la fuerza de tú espíritu. Eres muy diferente a tu hermana Itzel y a la vez, en su estilo, son tan parecidos. Les amo diferente e igual al mismo tiempo. Tus primeros pasos me hicieron llenarme de orgullo y satisfacción. Eres ya, tan parte de la familia que cuando veo una foto antigua de Juany, Itzel y de mi, no entiendo como en aquel tiempo nos sentíamos completos. Me has enseñando al igual que tu hermana a apreciar la vida desde otro ángulo. A ver tesoros en la simpleza y simpleza en los tesoros. Al igual que a tu hermana te he visto crecer, llorar, sufrir, aprender, reír y abrirte paso con la fuerza de la vida. Contigo perfeccioné mi téc-nica de cambiar pañales, de bañarte y realmente dejarte limpio. Aprendí la técnica de mirar sin mirar y de tener un sexto sentido que me impulsa a buscarte cuando te has quedado en silencio por más de 5 segundos. Como varón que eres siento una responsabilidad especial de enseñarte a respetar y a admirar a las mujeres. Enseñarte a valorar sus cualidades y sus talentos. A salir del error que por tantas generaciones los varones hemos mantenido con respecto a nuestra relación y concepto de nuestras compañeras en la vida. Veras Emilito, eres una de mis mas grandes inspiraciones para buscar el ser mejor cada día que nuestro Dios, en su eterno amor, nos permita vivir.

A ambos quiero siempre expresar ese amor que Dios me ha dado para ustedes. Quiero que el amor que su madre y yo les tenemos les unan mas a ustedes como herma-nos. Que se den cuenta que no hay porque sentirse en competencia por nuestra atención. Quiero que al final de mi caminar en este mundo sea recordado mas por mi papel como padre que como pastor. Que mis enseñanzas vivan en ustedes y despierten los mas altos anhelos en sus tiernos corazones. Que les provoque más amor y entrega a Dios y a su prójimo. Oh, cuanto quiero que florezcan ustedes en la más linda flor. Que sus alas se abran al firmamento y vuelen su vuelo en la más profunda libertad y plenitud. Oh Dios, ¡ayúdame! A ser el mejor padre del mundo para mis hijos. Yo se que esta petición más y más padres te la hacen y cada vez la competencia es más cerrada. Pero concédeme hoy, tan solo hoy, la oportunidad de amarles con el mismo amor con que tu me has amado.

Algún día leerán esta carta y la entenderán mis angelitos, algún día ya no estaré aquí físicamente, sino, en esencia y a través de lo que les amé y les enseñé. Cuando ese día venga quizá ustedes ya tengan sus propios retoños. Ya tengan a quien abrazar y amar con la intensidad con que yo les amo a ustedes y sean otro eslabón en la continua cadena de los hijos convirtiéndose en padres. Hoy quería solo pintarles con palabras mi amor por ustedes. Espero no haya obscurecido lo que intenté aclarar: Mi amor de padre por ustedes.

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