Matar a la gallina de los huevos de oro

Por Xavier Caño

Para salvar la Tierra de un imparable declive hacia la incapacidad del planeta para acoger la vida, el primer paso es que quienes tienen poder reconozcan que el cambio climático producido por la emisión de gases es ferozmente real. El primer obstáculo insuperable para afrontar un problema es la negación del mismo. Así sucede con el cambio climático, negado por torpes intereses económicos.

En realidad, hablamos del modelo en el que el beneficio a toda costa es dogma indiscutible. Pero ya no hay excusa, no después del manifiesto de las once Academias de ciencias de los países del G-7, los más ricos del mundo. Ya no se puede pretender que no existe el problema o no es tan preocupante como dicen científicos, ecologistas y medioambientalistas. Con el lenguaje moderado de los científicos, hay un diagnóstico irrebatible y propuestas claras de terapias para frenar el mal y, finalmente, eliminarlo. Ser más eficientes en la producción de energía, no desperdiciarla, una apuesta sin fisuras por la producción de energía limpia, legislar y regular en función de esos principios, poner coto al despilfarro del modelo consumista actual, el seguimiento detallado de cambios en los hábitos de especies animales y en ecosistemas y el control de la fusión de hielos polares como detectores del alcance del mal...

La degeneración progresiva de la Tierra está causada por el cambio climático, por gases de combustión de derivados del petróleo, por la deforestación que no cesa por la codicia criminal, por el irresponsable uso hasta el agotamiento de recursos naturales y por un modelo de desarrollo y consumo miope que no ve a un metro de sus narices. Debemos poner seriamente en cuestión el actual modo de desarrollo y consumo del planeta. No se trata de oponer un modelo socialista o comunista a otro capitalista, como en el siglo XX, sino de evitar la destrucción de la Tierra, tan deteriorada por capitalistas como por comunistas.

Se trata de no producir a cualquier precio, de no consumir de cualquier manera ni de despilfarrar por sistema como expresión del grado de desarrollo, porque si nos cargamos esta Tierra, no hay ningún planeta habitable a tiro de nave espacial al que emigrar, como cuenta la ciencia-ficción.

Si recuerdan el viejo cuento de la gallina de oro, cuyo dueño ambicioso quiso conocer el secreto y terminó matándola, pues tengo la impresión de que somos tan necios como el hombre del cuento. Y no se equivoquen pensando que nosotros no somos tan estúpidos, porque no haríamos una imbecilidad tal como destruir el animal que nos da oro. De verdad, ¿qué creen que estamos haciendo?