La mejor ayuda a quienes sostienen nuestro desarrollo

Por José Carlos García Fajardo

Por televisión y en la prensa europea nos inundan con imágenes de paraísos idílicos en las islas del Caribe, en amplias regiones de África y de Asia: playas vírgenes, cocoteros que se inclinan al paso del turista, piscinas y vergeles en urbanizaciones de ensueño en donde hermosas mujeres, ligeras de ropa y amplia sonrisa, te sirven bebidas multicolores y musculosos camareros y jardineros parecen estar allí para prestar toda clase de servicios. Estas imágenes con desbordantes mesas con toda clase de exquisiteces gastronómicas que superan la imaginación de cualquier ciudadano medio, sobre músicas envolventes y en papel cuché del más alto gramaje, acaban por anular nuestra capacidad de discernimiento para preguntarnos: ¿Pero es esa la realidad social de Santo Domingo, Cancún, Jamaica, Islas Vírgenes, Cuba, Marruecos, Túnez, Egipto y los litorales del África del Indico? Ya no digamos del ambiente provocador y excitante de lugares de Oriente ante los que palidece la imagen del mítico Edén ¿Por qué vienen a centenares de miles inmigrantes clandestinos arriesgando sus vidas? Ellos mismos, malviviendo en Europa, también se lo preguntan cuando extienden sus mantas sobre las aceras enfrente de las agencias de viajes.

Toda persona medianamente informada sabe que ese tipo de publicidad está condenada por el Código de Conducta de las Coordinadoras de ONG para el Desarrollo.

Millones de turistas se embarcan en esos paquetes que los trasladan de hotel en hotel y de excursión a playas prohibidas a los nativos, de cenas y de fiestas en las que todo está ya pagado en origen y apenas si dejan unas monedas en artesanías de alcance o en cutres propinas.

Fomentar el turismo es una oportunidad válida para el desarrollo de esos países, pero la mejor ayuda que se podría ofrecer a esos países ricos en tradiciones, en bellezas naturales, artísticas o monumentales es integrarlos en el desarrollo de esas riquezas de una manera equilibrada y justa que respete el medio ambiente y que favorezca a los habitantes de esas regiones.

Es posible adaptar la formación profesional y técnica a los naturales de esos países para que participen activamente en el proceso sin quedar limitados a la función de sirvientes que padecen una esquizofrenia entre ese modo de vida, en el que luchan por ganarse la vida.

Las instituciones de la Unión Europea y las propias de cada Estado que la componen, deberían desarrollar esta capacitación laboral, de formación profesional y de aptitudes para los servicios en el desarrollo de esos formidables activos nacionales.

Las ayudas en educación, en sanidad, en protección y puesta en valor del medio ambiente, en la salubridad de sus fuentes y de sus servicios sanitarios, en la mejora de su agricultura, en la comercialización de sus productos y de sus artesanías son lo más importante.

Sabemos que gobiernos de varios países del Este de Europa fomentan y financian la emigración clandestina de los ciudadanos con una mejor formación para que disminuyan las cifras del paro.

Los responsables de los gobiernos del Norte tienen que decidir cuántos inmigrantes necesitamos y con qué preferencias. Las sangrías de emigraciones clandestinas desaparecerían si se respetasen las reglas de un mercado justo, equilibrado y solidario.