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  • Edición impresa de Julio 20, 2010

Un diseño ecológico para la democracia

Filósofo y escritor

La democracia es seguramente el más alto ideal que históricamente ha elaborado la convivencia social. El principio que subyace a la democracia es: “lo que interesa a todos debe poder ser pensado y decidido por todos”.

Tiene muchas formas: la directa, como es vivida en Suiza, donde toda la población participa en las decisiones vía plebiscito; o la representativa, en la cual las sociedades más complejas eligen delegados que, en nombre de todos, discuten y toman decisiones.

El gran problema actual es que la democracia representativa se muestra incapaz de reunir a las fuerzas vivas de una sociedad compleja, con sus movimientos sociales. En sociedades de gran desigualdad social, la democracia representativa asume características de irrealidad, cuando no de farsa. Cada cuatro o cinco años, los ciudadanos tienen la posibilidad de escoger a su “dictador” que, una vez elegido, se dedica más a hacer una política palaciega que a establecer una relación orgánica con las fuerzas sociales.

La democracia participativa significa un avance respecto de la representativa. Fuerzas organizadas, como los grandes sindicatos, los movimientos sociales por la tierra, la vivienda, salud, educación, derechos humanos, ambientalistas y otros han crecido de tal manera que se constituyen como base de la democracia participativa: el Estado está obligado a oír y a discutir con tales fuerzas las decisiones a tomar.

Está también la democracia comunitaria, que es característica de los pueblos originarios de América Latina. Nace de la estructura comunitaria de las culturas originarias de norte a sur de América Latina. Ella busca realizar el vivir bien, que es la búsqueda permanente del equilibrio mediante la participación de todos, equilibrio entre hombre y mujer, entre ser humano y naturaleza, equilibrio entre la producción y el consumo.

El vivir bien implica una superación del antropocentrismo: no es sólo la armonía con los humanos, sino con las energías de la Tierra, del sol, de las montañas, de las aguas y de las selvas. Se trata de una democracia sociocósmica, donde todos los elementos se consideran portadores de vida y por eso son incluidos en la comunidad.

Por último, estamos caminando hacia una superdemocracia planetaria. Esta superdemocracia parte de una conciencia colectiva que se da cuenta de la unicidad de la familia humana y de que el planeta Tierra, pequeño, con recursos escasos, superpoblado y amenazado por el cambio climático, obligará a los pueblos a establecer estrategias políticas globales para garantizar la vida de todos y las condiciones ecológicas de la Tierra.

Esta superdemocracia planetaria no anula las distintas tradiciones democráticas, sino que las hace complementarias. Tenemos que rezar para que este tipo de democracia triunfe; si no lo hace, no sabemos en absoluto hacia donde seremos llevados.

 


 

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