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  • Edición impresa de Julio 3, 2012

Hambre que no cesa, crimen de lesa humanidad

Hace unas semanas, UNICEF lanzó una alarma mundial: en el Sahel podían morir de hambre un millón y medio de personas, de las que un millón serían niños y niñas. El pasado verano ya murieron 50,000 personas en el Cuerno de África, también por una hambruna que los países ricos ignoraron.

Según la ONU, en 2010 las personas que pasaban hambre en el mundo eran el 14% de la población mundial; un porcentaje escandaloso que no se reduce desde 1995. La producción de alimentos se ha triplicado en el último medio siglo, en tanto que la población solo se ha duplicado. No faltan alimentos. Pero el hambre no se reduce. Crece.

Cuando la ONU declaró la hambruna del Cuerno de África, una sequía azotaba esa región y ello conllevó un aumento del precio de los alimentos. Pero no solo la sequía fue responsable del hambre.

En marzo de 2011 los precios de cereales habían aumentado 70% respecto al año anterior por las políticas neoliberales de países ricos, Banco Mundial y FMI. Presionaron a los países pobres para cambiar su modelo agrícola y cultivar productos agrícolas para la exportación. Así ahogaron la agricultura que alimentaba el país y convirtieron los alimentos exportables en productos financieros.

Sequía y variaciones de oferta y demanda no explican la volatilidad de precios de los alimentos. Pero la burbuja especulativa de los alimentos, sí..

Según estudios, desde hace unos años en África por ejemplo, se compran tierras la suma de cuyas superficies es como toda Europa del Este. Y los fondos de inversión y de alto riesgo especulan con esa compraventa.

A menudo, además, venden cosechas íntegras al extranjero, dejando al país sin alimentos suficientes. Luego comerciantes locales con poder económico acaparan alimentos y los retiran del mercado, a la espera de que suban los precios para vender.

Que la especulación tiene que ver con el hambre lo muestra que los fondos de inversión en alimentos apenas sumaban 13,000 millones de dólares en 2003. Pero en 2008 ya eran 317,000 millones. Explotó la burbuja inmobiliaria y los buitres de la especulación dejaron las viviendas y se abalanzaron sobre los alimentos.

Pero hay medidas a tomar: sacar los alimentos de los mercados financieros, aumentar las reservas mundiales de alimentos y regular con lupa los acuerdos de compraventa o arrendamientos de tierras a gran escala.

La pobreza no es una desgracia ni el hambre un desastre. Como dijo Ghandi, el hambre es un insulto que humilla, que destruye cuerpo y espíritu. Y no acabar con el hambre, cuando se puede, es un crimen de lesa humanidad. Un crimen con inductores, ejecutores, cómplices y encubridores.

 


 

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