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  • Edición impresa de Julio 3, 2012

Antes de escuchar o leer el anuncio de Barack Obama de tratar de manera diferente a un sector de jóvenes indocumentados, escuché y leí las reacciones en contra.

Curiosamente, no todas venían del mismo lugar, ni estaban basadas en los mismos argumentos. Las primeras me llegaron del lado del Tea Party, esa organización ultraderechista que califica a Obama de socialista.

Las otras venían de individuos jóvenes y organizaciones de inmigrantes indocumentados, como la Liga Juvenil de Justicia Migratoria, que recibieron el anuncio como “un buen paso pero insuficiente”.

Después me llegó una andanada de e-mails de organizaciones no lucrativas, entre los que había “lágrimas de felicidad”, calurosas felicitaciones al Presidente, y frases equivocadas del estilo de “gran regocijo por la victoria” y agradeciéndole por haber abierto “un camino a la ciudadanía” para “más de un millón de jóvenes” indocumentados y etcétera.

Al final, menos de 12 horas después del anuncio, llegó la última tanda, más en el tono de advertencia contra “los notarios y abogados sin escrúpulos” que pueden querer aprovecharse de la situación para hacer su agosto entre los incautos que crean que ya hubo una “amnistía”.

“Es poco, eso es cierto”, comentó mi amigo Carlos Arango a una aseveración mía de que era demasiado poco y demasiado tarde. “Pero no es demasiado tarde… para Obama”.

Tiene toda la razón. Barack Obama podía haber hecho lo mismo hace tres años, pero está justo a tiempo de decir “o votan por mí o ni siquiera esto van a conseguir”. Esa es, me parece a mí, la jugada del presidente.

El anuncio es que los jóvenes de 15 a 30 años, que estén estudiando o hayan estudiado por lo menos la secundaria (o High School), o tengan su Certificado de equivalencia (GED), pueden solicitar un permiso de trabajo. También los que hayan servido en el ejército, lo cual todos sabemos que es ilegal.

Si les dan el permiso, lo cual queda a discreción del agente de USCIS, será válido por dos años, al cabo de los cuales pueden volver a pedirlo, sin garantía tampoco de que se los den. Si Inmigración lo decide, por cualquier motivo y sin explicación necesaria, puede revocar los permisos cuando quiera.

Es una jugada maestra en términos políticos. Da muy poco y condicionado a la reelección presidencial, porque ni siquiera es una Orden Ejecutiva, sino solamente una instrucción que, en caso de que gane Mitt Romney, seguramente será echada para atrás en cualquier momento.

Por así decirlo, Obama juega dos desesperaciones, una en contra de la otra. El Presidente está lo suficientemente desesperado como para aventarse una jugada que le puede costar políticamente cara, pero que al mismo tiempo le puede traer los ansiados votos latinos para reelegirse. La otra desesperación es la de los jóvenes, que han vivido toda su vida sin papeles y que posiblemente estén dispuestos a jugarse el todo por el todo con tal de agarrar las migajas que se les ofrecen.

 


 

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