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  • Edición impresa de Julio 2, 2013

En la actualidad, mientras millones de personas en el mundo no tienen qué comer, otros comen demasiado y mal. Vivimos, en definitiva, en un mundo de obesos y famélicos.

Las cifras lo dejan claro: 870 millones de personas en el planeta pasan hambre, mientras 500 millones tienen problemas de obesidad, según indica El Estado Mundial de la Agricultura y la Alimentación 2013, informe publicado recientemente por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

El hambre severa y la obesidad son sólo la punta del iceberg. Como añade la FAO, dos mil millones de personas en el mundo padecen deficiencias de micronutrientes (hierro, vitamina A, yodo), 26% de los niños tienen, en consecuencia, retraso en el crecimiento y 1.400 millones viven con sobrepeso. El problema de la alimentación no consiste sólo en si podemos comer o no, sino en qué ingerimos, de qué calidad, procedencia, cómo ha sido elaborado. No se trata sólo de comer sino de comer bien.

Aquellos que cuentan con menos recursos económicos son los que tienen más dificultades para acceder a una alimentación sana y saludable, ya sea porque no se la pueden permitir o porque no se valora.

La crisis económica no ha hecho sino empeorar esta situación. Cada vez más personas son empujadas a comprar productos baratos y menos nutritivos.

Millones de personas sufren hoy las consecuencias de este modelo de alimentación “fast food”, que acaba con nuestra salud. Las enfermedades vinculadas a lo que comemos no han hecho sino aumentar en los últimos tiempos: diabetes, alergias, colesterol, hiperactividad infantil, etc. Y esto tiene consecuencias económicas directas. Según la FAO, la estimación global del coste económico del sobrepeso y la obesidad fue, en 2010, aproximadamente de 1,4 billones de dólares.

Como afirma Raj Patel en su obra Obesos y famélicos (Los libros del lince, 2008): “El hambre y el sobrepeso globales son síntomas de un mismo problema. […] Los obesos y los famélicos están vinculados entre si por las cadenas de producción que llevan los alimentos del campo hasta nuestra mesa”. Y añado: para que todos podamos comer bien hay que romper con el monopolio de estas multinacionales en la producción, la distribución y el consumo de alimentos. Porque por encima del afán de lucro, prevalezcan los derechos de la gente.

 


 

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