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  • Edición impresa de Julio 16, 2013

Arrepentimientos

Hacia el final de sus vidas muchas personas se arrepienten de no haber tenido más valor para vivir una vida auténtica en lugar de seguir el camino que otros le marcaron para cumplir sus expectativas. Así lo sostiene la enfermera australiana Bronnie Ware en The Top Five Regrets of the Dying (Los cinco principales arrepentimientos de los agonizantes), que recoge entrevistas a pacientes a punto de morir.

Las vidas que muchas personas no pudieron o no se atrevieron a vivir se transforman en un pozo y les impide ver todo lo que han podido disfrutar. ¿Qué hubiera pasado si no me hubiera casado, si hubiera tenido hijos, si me hubiera atrevido a rebelarme, si hubiera protestado en determinada situación en lugar de callarme y convertirme en cómplice? El hubiera, ese camino idealizado que no tomamos ante una encrucijada determinada, carcome conciencias. Olvidamos que entonces no se tenía la experiencia de la madurez, y la fuerza y la perspectiva para elegir otras opciones. Nos fustigamos como si no pudiéramos aprender a asumir la forma en que hemos jugado nuestras cartas hasta ahora.

La recurrencia de este arrepentimiento radica en la forma en que nos han educado y en la que educamos para obedecer, para “ser prudentes”, no “cometer fallos”, no equivocarse, no hacer el ridículo. Nuestra educación hace hincapié en las respuestas y no en la importancia de aprender a hacer preguntas, de atreverse a cuestionar, de asumir que las caídas nos enseñan y nos hacen más fuertes.

Otro arrepentimiento común consiste en haber trabajado demasiado, lo cual se relaciona también con nuestros modelos educativos que contraponen el trabajo con el placer, como si nunca pudieran confluir.

Las escuelas y universidades “preparan” niños y jóvenes para determinados puestos de trabajo. Las aulas se convierten en océano de tiburones que pelean por los mejores puestos.

La obsesión social por el trabajo se relaciona con el materialismo y con el consumismo que hemos erigido como fin de nuestras vidas y que ha generado tanto individualismo.

Condicionar el éxito educativo a determinados puestos laborales genera frustración y produce infelicidad cuando no se cumplen las expectativas creadas.

Mucha gente se arrepiente también de no haber expresado sus sentimientos. Quizá por miedo al ridículo, a ser rechazado, para no herir a los demás, incluso a costa del propio bienestar, o por soberbia.

“Hubiera deseado haber mantenido contacto con mis amigos”. Este arrepentimiento demuestra cómo muchas personas caen en la cuenta de haber antepuesto el trabajo y las supuestas obligaciones a tomar una taza de café con los amigos. El paso de los años no perdona, y la vida a veces ni siquiera nos deja decir “adiós”.

“Ojalá me hubiera permitido ser más feliz”. Dice la autora que muchas personas caen en la cuenta, hacia el final de sus vidas, de que la felicidad es una opción para la que todos podemos prepararnos si afrontamos nuestro miedo al cambio, a expresar nuestros sentimientos y a vivir una vida auténtica. Mientras leemos estas palabras, aún estamos a tiempo.

 


 

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