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  • Edición impresa de Julio 7, 2016.

Cómo me enseñó la vida

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, escribía Antonio Machado y, en ese ir haciendo camino, vamos abriendo horizontes. El gerundio es el tiempo verbal de la acción que se instala en el presente, un signo de inercia en una dirección activa, creativa y vivenciada que recarga las pilas y nos llena de energía.

La vida es un gran viaje para todos pero cada uno elige cómo quiere hacerlo, con más o menos conciencia de la elección. Me chocan algunas respuestas de personas a las que acompaño cuando les pongo delante la realidad de que están eligiendo la situación que viven y que, en muchas ocasiones, es de la que se quejan y la que les proporciona sufrimiento. ¡Yo no elijo, me viene así! Esta afirmación tiene una parte de realidad, muchas circunstancias vienen y sobre eso no podemos hacer nada. Sin embargo, cómo queremos vivir lo que “viene” sí podemos elegirlo, y es esa decisión la que marca la diferencia entre hundirnos o salir fortalecidos.

Muchos de nosotros vivimos dormidos, y ese ir viviendo adormilados se convierte en ir pasando por la vida haciendo como si viviéramos. En muchos casos, el despertar viene de la mano de acontecimientos que rompen nuestros esquemas y nos sacan de la zona de confort, en la que nos sentimos seguros porque creemos que tenemos todo controlado. En estas situaciones que impactan en nuestra vida, nos descolocamos.

En esos momentos no nos damos cuenta porque el remolino de pensamientos nublan nuestra visión y el desconcierto, el dolor, colapsan nuestros sentidos. Sin embargo, es precisamente en estas crisis cuando nos preparamos para ir más allá y abrimos todo un mundo de posibilidades de explorar nuevos horizontes.

En la crisis tenemos que aprender a desaprender. Desaprender lo conocido, esos patrones que hemos incorporado en nuestra vida sin ser conscientes y que nos llevan a transitarla sin conciencia de que repetimos esquemas que son de papá, mamá y de las figuras afectivamente importantes para nosotros, pero que no son nuestros.

Incorporar aprendizajes, más funcionales y realistas, nos ayudará a conseguir más calidad en nuestra vida.

Tenemos que aprender que el fracaso o el éxito son conceptos subjetivos que nos alejan de la realidad. Aprender a desarrollar la asertividad, que es la capacidad para autoafirmar los propios derechos, sin dejarse manipular y sin manipular a los demás. Implica desarrollar habilidades para discutir sin hacer batalla de las diferencias, realizar peticiones o decir no a las demandas que consideremos inadecuadas.

Aprender a llorar. Aprender a conectar con nuestro interior sensible. Dedicamos muchas energías a aprender y aprendemos la mayoría de las veces lo que viene impuesto por el sistema, sin embargo no es tan común que se promulgue el aprendizaje de nuestra vida interior. A poco que nos aventuramos dentro de nosotros, nos damos cuenta de que a la vez que estamos separados de todo, también estamos unidos a todo. Si nos paramos a repasar alguna experiencia fuerte que hemos vivido, nos damos cuenta que, al bajar nuestras resistencias con el dolor, hemos conectado con nuestra interioridad más fácilmente y, es entonces, cuando nos damos cuenta de la grandeza y la levedad de la existencia.

El camino se hace andando, superando, descubriendo en cada recodo nuevas posibilidades de ser, vivir y enfrentar las circunstancias que nos vienen.

 

 


 

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