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  • Edición impresa de Julio 19, 2016.

La Columna • Por una cultura de respeto

Es común escuchar que Estados Unidos ha experimentado avances indiscutibles en el estado de las relaciones raciales, pero cuando apreciamos las estadísticas más actualizadas sobre la percepción de discriminación entre afroamericanos y latinos, es evidente que el tamaño de los desafíos es mayúsculo.

Siete de cada 10 afroamericanos y cinco de cada 10 latinos se sienten todavía discriminados en los Estados Unidos. Se trata de una estadística alarmante, si se toma en consideración que son proporciones significativamente mayores que las existentes entre la comunidad blanca del país.

Una de las quejas más frecuentes de los casos de discriminación tiene que ver con la interacción diaria entre nuestras comunidades y las agencias policiales, algunas de las cuales han sido señaladas de manera reiterada por actuar con prejuicios raciales contra los residentes de las minorías de sus propias comunidades

Los recientes incidentes que resultaron en la muerte del afroamericano Alton Sterling, en Baton Rouge, y de Philando Castile, en Saint Paul, Minnesota, así como el subsecuente ataque injustificable de Micah Xavier Johnson, que causó la muerte de 5 policías de Dallas, son un lamentable ejemplo de la gravedad de la problemática.

Los casos de presunto uso excesivo de la fuerza no son desafortunadamente nuevos. Hace poco se cumplieron seis años del asesinato del inmigrante mexicano Anastasio Hernández Rojas, ocurrido mientras era sometido y golpeado por una docena de agentes del servicio de inmigración y aduanas de los Estados Unidos.

Desde la muerte de Anastasio en 2010 sucedieron por lo menos otras 46 muertes de inmigrantes en circunstancias que organizaciones independientes clasifican como de posible uso excesivo de la fuerza policial. Algunas de las muertes tuvieron lugar en la línea limítrofe entre Estados Unidos y México.

Miles de jóvenes, afroamericanos blancos y latinos salieron a las calles a denunciar lo que perciben como una cultura de insensibilidad por parte de las agencias policiales hacia las minorías raciales y étnicas del país. Llama la atención el carácter multirracial de las movilizaciones que se han extendido a varias ciudades.

Tiene razón el presidente Barack Obama cuando hace un llamado a que ese legítimo sentimiento de frustración sea expresado públicamente de manera pacífica y respetuosa a las autoridades.

El respeto es, sin embargo, una calle de doble sentido y es obligación moral y ética de la autoridad conducirse con profesionalismo en su interacción con las comunidades que son su razón de ser y a las que juraron proteger.

Sólo una cultura de respeto y trato digno, que se inculque desde la mesa de la cocina hasta el salón de clases o el patio de juego, puede generar los cambios de fondo que se requieren para arrancar de raíz una mala hierba que rasga el tejido social de los Estados Unidos. 

 

 


 

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