El Cerro del Cubilete. Una promesa hecha realidad ... en moto

Por: Jimmer Prieto

Chucho salió aquella mañana decidido a cumplir su promesa. Abrazos y besos de su mujer y sus hijos, y una que otra lágrima hicieron el marco de una despedida que decía más por el silencio que por las palabras. Arrancó en su moto con los primeros rayos de sol. Se había preparado para este viaje tanto como era posible. Había concentrado toda su atención en ese 3 de Julio, calculando los costos, ahorrando metódicamente una suma cada viernes de su cheque semanal, haciendo ejercicio para mejorar su condición física, revisando su moto una y otra vez.

Ese día tuvo su primer experiencia profunda. Se había quedado sin gasolina en medio de la carretera cuando apareció a su espalda una pareja de gringos, también en moto, que iban rumbo al Cañón del Colorado. Para dónde vas?, le preguntaron. Para México. Y viajas solo?, preguntaron de nuevo, un tanto confundidos por la distancia. No, voy con el Señor, replicó Chucho alzando un dedo al cielo. La pareja fue hasta el próximo pueblo y regresó media hora después con gasolina suficiente para desvararlo. Quiso pagarles tan oportuna ayuda, pero la pareja rechazó el dinero y uno de ellos dijo: “Prométenos una cosa. Que si alguien te pide ayuda a lo largo del camino, no dudes en darla así como has visto que hemos hecho nosotros”.

La carretera se veía como una línea azul interminable en medio de un paisaje árido y solitario. Esa tarde Chucho pensó en su niñez. En las muchas dificultades económicas de su casa, en la lucha diaria de su padre por llevar pan a la mesa. Pensó en otros niños con quienes había crecido y hasta se preguntó qué habría sido de la vida de cada uno de ellos, imaginándolos ya de adultos. Pensó en la casa de su pueblo natal y volvió a jugar con los muchachos de su edad. Se vió a sí mismo, proyectada su sombra sobre la carretera como un Quijote moderno, volvió sobre su realidad de inmigrante y dio gracias a Dios por el camino, por su moto y por su vida.

El paisaje se iba volviendo tropical. La carretera de repente se vio adornada a lado y lado por dos tapetes verdes, inmensos, sobre los que se regaban pueblitos de maíz y frijol. La moto se desplazaba a 80 millas por hora, y su mente jugó una y otra vez por esquinas dolorosas o felices de su vida. Se acordó de María, su esposa y la comtempló dulcemente como si la hubiera sacado de un estuche en su corazón; volvió a ver a Ricardo, su hijo mayor, en su ceremonia de graduación profesional; pensó en Carlos, su otro hijo y decidió que a su regreso le llevaría una guitarra de las que hacen en Guanajuato y se detuvo tiernamente en Holy, la menor de sus hijos, y la imaginó grande y hermosa. Su mente no se detuvo allí. Entró otra vez en sí mismo y se vió en medio de gentes de diferentes países, aquella inolvidable mañana cuando recibió su ciudadanía de los Estados Unidos. Pasó de nuevo a la fábrica, se vió con guantes y casco, en la labor interminable de soldar metales. Se acordó de los años de estudio que fueron necesarios para obtener su certificado de soldador, recordó cómo poco a poco fueron mejorando su salario y su condición de obrero, y dio gracias otra vez, con lágrimas en los ojos.

Ahora estaba allí, sobre las dos ruedas de su Honda Shadow, de 1100 c.c., año 94, y nada lo detendría en su objetivo. Iría hasta el Cerro del Cubilete, a dar gracias al Cristo Rey. Su corazón agradecido lo había impulsado a hacer ese viaje desde Goshen, su pueblo de residencia en la tierra de Indiana. A medida que subía el cerro recordó la canción de José Alfredo Jiménez: ...consuelo de los que sufren, adoración de la gente. El Cristo de su montaña, del Cerro del Cubilete....

Y su alma se inflamó de gozo cuando lo vió frente a él, con los brazos abiertos para recibirle. Allí oró en sus palabras más genuinas: Señor, gracias por tu amor. Gracias por todo lo que me has dado. He venido hasta aquí para darte gracias por la inmensa felicidad que me has dado en mi vida. He cumplido con este deseo de mi corazón, de llegar hasta aquí en mi moto tan solo para agradecerte.

Bajó del cerro. Se detuvo a comer en un restaurante en Matehuala, en San Luis Potosí, y allí vió a un hombre de aspecto muy humilde y a dos niños que se le aproximaron pidiéndole pan. Chucho pidió a la tendera que le diera pan a los niños y se sentó frente al hombre y lo invitó a comer con él. Fue entonces cuando se acordó de la pareja que le ayudó al principio del viaje y de la promesa que les había hecho. Continuó su camino. Las horas se hacían interminables y daban paso a nuevos días con sus noches. Ciudades grandes y pequeñas, y pueblos de toda condición pasaron como las páginas de un libro, fugaces, en medio del rugir sostenido de su moto. León, Guanajuato; Aguascalientes; San Luis Potosí; Monterey; Saltillo, Coahuila; Salinas, Hidalgo; Nuevo Laredo, Tamaulipas. Al atardecer comenzó a ver calles y casas que le eran muy familiares. Entonces reconoció que estaba de nuevo en Goshen y abrió los ojos asombrado, como si intentara salir de un largo sueño, en el que estuvo sumido en un sin-tiempo. Era Domingo 18 de Julio del 2004. Chucho Juárez regresaba después de viajar 15 días muy reales en moto, habiendo tejido cinco mil millas de camino por tierras de México.

Chucho Juárez, haciendo una parada en un pintoresco mercado artesanal en México.



 

Este es el Cristo del Cerro del Cubilete, conocido por todos los mexicanos a través de la canción de José Alfredo Jímenez, la cual lo hizo famoso también en toda América.