Voluntariamente a ... fuerzas

México del Norte • Jorge Mújica

Mil en una semana. Para septiembre, llegarán a 24 mil. Casi dos mil menores de edad. Son los repatriados “voluntarios”, los beneficiados del único acuerdo que México ha sido capaz de firmar con Estados Unidos en materia de migración este sexenio.

“A nadie se ha esposado”, señala orgullosamente la Secretaría de Relaciones Exteriores, y a “ninguno se le ha obligado”. Por obviedad, dicen, ninguno se morirá en el desierto de Arizona.

Para la Secretaría de Gobernación, por lo menos eso dice el subsecretario para Asuntos Migratorios, Armando Salinas, el programa de repatriación es “una atención a sus compatriotas”.

Aparentemente, todos ganan. Estados Unidos impide que los migrantes vuelvan a tratar de entrar, mueran en el desierto, y le den mala publicidad al país. Ya este año van más de 160 muertos, según documentan los activistas de derechos humanos, aunque Relaciones Exteriores solo cuente a 112, porque dice que los muertos no identificados no cuentan.

En México ganan los funcionarios de la administración, se inflan de orgullo porque a nadie le han puesto esposas ni lo han deportado de noche, como hacían antes, cuando se llamaban “deportaciones, no Repatriación “Voluntaria”. Ganan las compañías aéreas, que le cobran a la Migra por los viajes. Y ganan los polleros, porque a final de cuentas, los migrantes ya les pagaron por el intento.

Claro que tenía que haber un pero... los migrantes pierden.

La ignorancia no anda en burro

Pero ante los ojos del gobierno mexicano, cómplice de Estados Unidos en este programa de propaganda, hasta los migrantes ganan.

Según Juan Bosco Martí, Director General para América del Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores, “los migrantes se acogieron al programa luego que autoridades migratorias estadounidenses los llevaron al Consulado mexicano en Phoenix, donde les informaron las bondades del programa”, y “Quienes no acepten incorporarse voluntariamente, tienen la opción de ir ante un juez migratorio para evitar ser repatriados”. A Juan Bosco habría que traerlo a Arizona para que pruebe en carne propia las “bondades” del programa.

Normalmente, a nadie lo “llevan al consulado en Phoenix”. Difícilmente cabrían 200 personas al mismo tiempo en el Consulado. Además, en raras ocasiones puede un migrante indocumentado hablar con un Cónsul. Normalmente los teléfonos de Protección ni contestan porque los pocos trabajadores andan en friega atendiendo las docenas de casos atrasados que tienen.

Lo de “ir ante un juez migratorio para evitar ser repatriados” nomás Bosco se lo cree. Normalmente la Migra ofrece tres semanas de cárcel antes de tener el chance de ir ante un juez, y nadie que no tenga una justificación legal de mayor importancia, como tener hijos ciudadanos de Estados Unidos incapacitados o gravemente enfermos, o llevan acá más de 25 años.

Y según denuncian los activistas pro inmigrantes de Los Ángeles, los “voluntarios” firman documentos obligándose a no entrar de nuevo a ese país por un periodo de tres a 10 años, bajo amenaza de ser acusados de un crimen mayor e ir a la cárcel.

Pero para los burócratas del Sexenio de los Héroes, el Programa es “satisfactorio”. Más aún, dice Gerónimo Gutiérrez, subsecretario para América del Norte de la SRE, es “todo un éxito”. Otro burócrata, Salinas Torre, subsecretario de Población, Migración y Asuntos Religiosos de Gobernación, se atreve a agregar que el Programa es útil “para unificar a las familias”.

Sin duda entendieron mal. Nosotros luchamos por la reunificación familiar pero “acá”, no “allá”.

Menos mal que los futuros ciudadanos de México del Norte no se dejan, aunque los manden más lejos. “Armando”, “Luis” y “Sebastián”, jarochos, aseguran que lo volverán a intentar nomás que junten una lana; lo mismo dice “Julio”, “Fue a la fuerza, no te queda de otra, pero lo voy a intentar de nuevo”. De hecho, la mitad de los repatriados entrevistados por los periodistas dijeron que buscarán regresar a territotorio estadounidense.

¡Acá los esperamos, paisanos!