Placidez

Esta noche ha traído un temblor de luceros,

un gris cielo de perla y un octante de luna;

la penumbra es de plata, y se envuelven en una

transparencia indecisa los callados senderos.

En el alma se filtra, por los ocultos veneros

de recóndita fuerte, una calma oportuna,

y apacienta sus cuitas la contraria fortuna

cual si fuera un rebaño de medrosos corderos.

Resignado el espíritu, no formula un reproche

por el mal ni la muerte; la quietud de la noche

los impulsos refrena y las ansias mitiga,

y la vida se acepta, sin saber si la mansa

placidez en que el pecho se adormece y descansa

es virtud y holocausto, o desdén y fatiga.

 

Enrique González Martínez

Desde el avión

Desde el avión,

vi hacer piruetas a Río de Janeiro

arriesgando el porvenir de sus puestas de sol.

Se ponía de cabeza

sin derramar su bahía.

Y en la lotería de sus isletas

ganaba y perdía.

El cielo se llenaba de automóviles

y de sombra a la 12 del día.

El Pao de Assúcar era un espantapájaros

soberbio, de lógica y fantasía.

Las palmeras desnudas

andaban de compras por la Rua D’Ouvidor.

De pronto la ciudad

entró en espiral

junto con el avión,

lo mismo que 300 quilates de diamantes

en el embudo de un buen corazón.

Al bajar,

tenía yo los ojos azules

y agua de mar dentro del corazón.

 

Carlos Pellicer