POBREZA, RIQUEZA Y SENCILLEZ (Parte 1)

Por el Rev. José Luis Gutiérrez

En este primer artículo quiero compartir con ustedes, queridos lectores, acerca de tres enfoques o perspectivas de la pobreza. El primer enfoque es el racional: mantenernos en la fría objetividad de las estadísticas.

El planeta tierra tiene aproximadamente 6,386 millones de habitantes, una quinta parte de ellos vive en la indigencia, o sea en extrema pobreza. a pesar de todos los esfuerzos para erradicarla, aún hay más de mil millones de personas sumidas en la pobreza absoluta: condición de vida caracterizada por la desnutrición, el analfabetismo, la enfermedad, un alto nivel de mortalidad infantil y una baja expectativa de vida; tanto es así que no corresponde a ninguna definición razonable de dignidad humana”.

La evidente disparidad entre la riqueza y la pobreza constituye una injusticia social con la cual la conciencia cristiana no puede estar en conformidad.

El segundo enfoque que podemos aplicar a este fenómeno es el emocional: la reacción indignada a las percepciones, los sonidos y los olores de la necesidad humana.

Tal como Jesucristo al ver las multitudes hambrientas, nosotros debemos ser movidos a la compasión y alimentarlas. Se ha determinado que la pobreza y la limitación en las oportunidades educativas “aprisiona el espíritu, genera relaciones humanas enfermas” y desperdicia el talento otorgado por Dios.

La tercera manera de ver este problema, que debería estimular tanto la razón como los sentimientos, es el enfoque bíblico. De acuerdo con las Escrituras, ¿Cuál debería ser nuestra forma de pensar acerca de la pobreza y la riqueza? ¿Dios está del lado de los pobres? ¿Deberíamos estarlo nosotros? ¿Qué dicen las Escrituras?

El salmo 113 parece un buen lugar para comenzar. Es una invitación a los siervos de Jehová, y de hecho a todos los pueblos “desde el nacimiento del sol hasta donde se pone”, a alabar su Nombre, pues él es “Excelso sobre todas las naciones y sobre los cielos su gloria”. Y prosigue:

“¿Quién como Jehová nuestro Dios

Que se sienta en las alturas,

Que se humilla a mirar

En el cielo y en la tierra?

El levanta del polvo al pobre,

Y al menesteroso alza del muladar,

Para hacerlos sentar con los príncipes,

Con los príncipes de su pueblo.

El hace habitar en familia a la estéril,

Que se goza en ser madre de hijos” [ver.5-9].

El salmista nos lleva a la pregunta retórica “¿Quién como Jehová nuestro Dios?” El no solo reina en lo alto, exaltado por encima de las naciones y del cielo, ni solo se digna desde aquellas alturas mirar mucho más abajo a los cielos y a la tierra; ni tan solo mira con compasión la profunda miseria humana, a los pobres descartados y pisoteados en el polvo por sus opresores. Además de todo esto, él en verdad exalta a los más desdichados de la tierra, los levanta de las profundidades a las alturas. Lo característico en él es que defiende a los pobres, los rescata de la miseria y los transforma de mendigos en príncipes.

Esto constituía la esencia del cántico de Ana cuando luego de años de esterilidad nació su hijo Samuel:

“El levanta del polvo al pobre,

Y del muladar exalta al menesteroso,

Para hacerle sentar con príncipes

Y heredar un sitio de honor” [ 1 Sam. 2.8]

¿Quién como Jehová nuestro Dios? Sus pensamientos y sus caminos no son los nuestros. El invierte los criterios y los valores del mundo.

Hasta la próxima.