“El cambio no está en el individuo” dice Pablo Alvarado, líder jornalero

Hace 16 años Pablo Alvarado llegó a este país esquivando a la Patrulla Fronteriza al brincar el cerco por Tijuana. Hoy en día es considerado uno de los 25 latinos más influyentes de Estados Unidos, dentro de una lista en la que aparecen el alcalde Antonio Villaraigosa y las actrices Jennifer López y Salma Hayek.

“Llegué como llega la mayoría de los inmigrantes, de indocumentado”, dice Pablo al contar su travesía desde una apartada aldea de El Salvador hasta Los Ángeles, California.

Pablo es coordinador de la Red Nacional de Jornaleros, los hombres que se paran en las esquinas en busca de trabajo y que frecuentemente son explotados o acosados por las autoridades policiacas.

Hace unos días apareció en la revista Time. Lo califican como “El Nuevo César Chávez”. Lo ubican como uno de los líderes latinos más prominentes. Pero él rechaza la comparación.

“Eso es ridículo, una estupidez, son zapatos muy grandes para mí, aparte que me faltan tres huelgas de hambre de 25 díasÉ, yo no trabajo para parecerme a César Chávez ni a nadie, yo sólo trabajo para defender a los jornaleros, eso es lo que hago y lo voy a seguir haciendo hasta donde el cuerpo aguante y hasta donde me aguanten mis compañeros de trabajo”, dice sentado en una pequeña oficina de su casa, en Pasadena.

“Tampoco me siento líder, creo que sólo soy un instrumento de las organizaciones con las que trabajo y de los trabajadores”, comenta.

La Red Nacional de Jornaleros es una coalición integrada por 30 organizaciones comunitarias de todo el país que trabajan para la defensa de los trabajadores que día a día se paran en las esquinas o en los estacionamientos de los centros comerciales en busca de que alguien les ofrezca trabajo, de lo que sea.

Los objetivos, explica Pablo Alvarado, son construir lugares más humanos y seguros para que los jornaleros se ganen la vida, defiendan sus derechos civiles y laborales y trabajen en el desarrollo de su propio liderazgo.

Cuando tenía 22 años, a finales de 1989, Pablo y su hermano Ebert decidieron dejar la región de El Níspero, en El Salvador, para emigrar a Estados Unidos. El recorrido fue largo. Duraron un mes en lograrlo, sorteando a las policías mexicanas y a la Patrulla Fronteriza. Una travesía en la que casi encuentran la muerte cuando en la frontera de Guatemala con México, el crecido río por poco arrastra la llanta en la que cruzaban.

Cuando se encontraba trabajando en una fábrica, escuchó un anuncio en el que solicitaban personas para dar clases de español en un centro de YMCA. Como él cuenta con una credencial de maestro en su país, donde se graduó como profesor en ciencias sociales, se apuntó.

Interesados en el tema al igual que él, un grupo de profesores fundaron el Instituto de Educación Popular del Sur de California, donde trabajó como voluntario hasta 1995. Luego se integró a las funciones de la Coalición de Los Ángeles para los Derechos de los Inmigrantes (CHIRLA) y en 2002 comenzó a coordinar la Red Nacional de Jornaleros.

Tampoco lo ve como un compromiso más grande. “Yo estaba comprometido sin necesidad de salir en un artículo, yo no trabajo para salir en revistas ni me interesa”, dice muy tranquilo.

“No soy yo nada más. Se me hace un poco injusto que la cultura estadounidense esté tan enfocada en los individuos, porque quien hace el verdadero cambio es el pueblo”, menciona. “Los abusos contra los jornaleros continúan y eso nunca va a parar. Nuestra responsabilidad como organizadores es seguir, porque no creo que el racismo y la injusticia vayan a parar, y aunque no seamos el Presidente ni tengamos un gran poder, hay cosas que podemos ir haciendo”.

Y agrega: “Querer ver a los individuos como los agentes del cambio y las mejoras de una comunidad creo que es erróneo, porque los verdaderos héroes son los que se paran todos los días para pedir trabajo, los invisibles”.