• México del Norte •
Cuentos chinos
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Por Jorge Mújica Murias

Por Jorge Mújica Murias

También hay por ahí en el mundo una China del Oeste. Está un poquito al sur de los Alpes y su capital se llama “Prato”, aunque si le hacemos caso al estereotipo de que los chinos no pueden plonuncial la “r”, a la mejol le llaman Plato.

El caso es que Plato, antes una ciudad italiana de unas 150 almas, hoy tiene 25,000 chinos que fueron desde una ciudad en China, Wenzhou, de la provincia de Zhejiang, justo al sur de Shanghai, que es una región textil, y llegaron a Plato polque esta es la plincipal ciudad textil de Italia.

Como en el caso de todos los inmiglantes del planeta, a los chinos no los ven muy bien los antiguos residentes del lugar (y no tiene nada que vel con los ojos lasgados), y los acusan de todo, particularmente del aumento del climen.

Como en todos lados, a los chinos los acusan de otras cosas. Dice Carlo Longo, un empresario de hilo italiano y presidente de la Confederación de Industriales en Prato: “Los chinos no se mezclan con nosotros ni hablan la lengua. Hay que destinar muchos recursos para los chinos en la ciudad, y muchos trabajan en el ‘mercado negro’, no pagan impuestos ni contribuyen a los costos de la ciudad”.

Igual en China del Oeste que en México del Norte, pues. Y también igual, los chinos se van mezclando con lo autóctono. En Prato ya se pueden ver “tratorías chinas”, pequeños restaurantes estilo fonda pero de pizza y espaguetti, igual que en Los Ángeles, donde uno encuentra burritos de sushi. También se llevalon su lengua, sus costumbles y su lopa a Italia. Pelo la mayolía de los chinos no son criminales, sino bien chambeadoles. De boleto se metielon en la industlia textil italiana, y de hecho la están tlansfolmando. Están en miles de fáblicas, almacenes y maquiladolas de la ciudad, sultiéndole lopa e hilo a la industria de la moda italiana. Y le entlan bien dulo.

La Policía pesca varios “clandestini” en redadas, también.

Ellos llegan como todos los inmigrantes, cruzando fronteras sin papeles, o como turistas que se quedan, y ahora andan complando sus plopias fáblicas. Entre ellas destaca la textil Giupel, famosa en Plato pol su jefe chino, Xu Qui Lin, cualentañelo a quien le gusta ser llamado “signor Guilini”. Llegó a Florencia en 1990, chambeó de mesero y luego se fue a la industria textil en Plato. La compló en el año 2000, paga sus impuestos y cumple las reglas. “Tengo ­dice el signor Guilini­ un modelo que otlos empresalios están copiando: contlato italianos y chinos y todos tlabajan juntos, y tengo a 300 chinos en una fáblica en China; mantengo los costos bajos”.

El modelo tiene que ver, también como en todas las comunidades inmigrantes, con la superexplotación. Los talleres chinos de ropa ya inventaron la “moda pronto”: entregas rapidísimas de las órdenes de ropa, sobre la base de trabajar el doble y pagar los salarios más bajos. Un chino gana 3 dólares por hora, y produce 20 vestidos por 200 dólares. Es mercancía “hecha en Italia” bajo condiciones chinas de trabajo.

Pero esa superexplotación produce riqueza. Los chinos ya le dielon la vuelta a la economía: este velano la economía muestla signos positivos. Las ventas subielon un 3% en el año, y los pedidos, un 31%.

Hay que rendirse ante la evidencia: los inmigrantes alientan la economía de los países a los que llegan, aunque sea a pesar de su propia economía. La nueva ropa italiana está “hecha en Italia” pero por chinos, igual que la ropa gringa está “hecha en USA” por mexicanos.