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  • Edición impresa de Agosto 4, 2009.

Liberar a las víctimas del crimen de la pobreza

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Einstein nos enseñó que la energía no se crea ni se destruye, simplemente se transforma. En la vida colectiva ocurre algo parecido. Si unos pocos acumulan mucho, muchos tendrán muy poco. La pobreza se explica mejor cuando se ve desde el análisis de la desigualdad.

En América Latina, África y Asia hay unos 200,000 asentamientos precarios, auténticos conurbanos masificados de pobreza. En ellos viven (¡Es un decir!) más de 1,000 millones de personas; la sexta parte de la población mundial.

Los millones de habitantes de esas villas miseria son pobres indiscutibles, que no disponen de servicios de agua potable, saneamiento, salud ni educación; se los trata como a criminales y se enfrentan a la violencia policial y de las mafias locales.

Con frecuencia, un barrio de tales masificaciones de pobreza es desalojado por la fuerza. Luego lo derriban: el suelo sobre el que se asientan sus casas precarias será dinero para quienes especulan. Y los pobres serán más pobres, mientras una minoría se enriquece aun más construyendo edificios de lujo.

En Perú, según Naciones Unidas, por cada 100,000 nacimientos mueren 240 mujeres. La mayoría son campesinas, indígenas y pobres. Mueren por hemorragia, por pre-eclampsia o eclampsia, por infección, por parto obstruido… por causas impensables en Estados Unidos o Europa. Mueren por falta de centros de urgencia, por falta de información, por escasez de personal sanitario. Mueren por pobreza.

Y en África, al final del río Níger, encontramos lo que Amnistía Internacional llama “tragedia de derechos humanos”. Porque la población del delta del Níger sufre pobreza por las empresas petroleras que ahí extraen crudo.

Vertidos de petróleo, derrame de materiales de desecho, explosiones de gas y otros impactos de la industria petrolífera causan graves problemas. Los habitantes de la región beben, cocinan y se lavan con agua contaminada por petróleo y otros contaminantes. Respiran aire que huele a petróleo y gas, sufren problemas respiratorios y lesiones de piel.

No todo son desgracias, claro. Las consultoras Merryl Lynch y Capgemini publican un Informe de Riqueza Mundial que explica quiénes son los más ricos y cuánto tienen.

Hay ricos y ricos. Los ricos “muy ricos” son 80,000 en todo el mundo, pero en la Tierra somos 6,500 millones de ciudadanos. Los muy ricos son un 0,001% de población, una ridícula milésima de unidad. Pero poseen el 10% de la riqueza del planeta. Mientras la ONU denuncia que el número de personas que sufren hambre ha aumentado hasta 1,020 millones. Hace un año y medio eran 850. Tanta desigualdad y pobreza son insoportables. Obscenas.

Tal vez, como dice Esteban Beltrán, director de Amnistía Internacional España, “debemos conseguir que las víctimas del crimen de la pobreza reclamen ante los tribunales de justicia, y que los responsables de la pobreza comparezcan como acusados. Encontrar, procesar y juzgar a los perpetradores de la pobreza es el mayor reto al que nos enfrentamos. Porque hay que liberar a las víctimas de la pobreza”.

 


 

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