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  • Edición impresa de Agosto 3, 2010

La esclavitud no es una fatalidad, sino una monstruosa injusticia ante la que es legítimo rebelarse por todos los medios. Quienes nada tienen que perder más que las cadenas actúan en justicia cuando se rebelan, porque el derecho a matar al tirano se convierte en deber cuando quienes padecen son los más débiles.

Existen más de 270 millones de personas que sobreviven en situaciones de esclavitud. En un mundo interrelacionado, somos responsables de todo cuanto se hace en el planeta.

Estudios de la Unión Europea sostienen que millones de personas padecen formas de trabajo y de prostitución forzados. También existe la servidumbre por deudas y la explotación infantil, que afecta a cerca de trescientos millones de niños.

Los esclavos de hoy pueden ser inmigrantes que trabajan de sol a sol en viveros de agricultura intensiva en Europa o en Estados Unidos, obreros de la construcción a destajo y sin derechos reconocidos, así como tejedores de alfombras o de prendas deportivas en Asia para las grandes transnacionales. Los esclavos de nuestros días padecen tratos brutales en ambientes más estresantes que los que se padecían en la antigüedad, cuando los esclavos no sabían que eran sujetos de derechos.

La esclavitud fue definida, en 1926, por la Convención contra la Esclavitud, como “el estatus o condición de una persona sobre la cual se ejercen algunos de los poderes asociados al derecho de propiedad”. Así se ampliaba el ámbito de la esclavitud, reconociendo otras formas similares.

Hay diversos mecanismos de sometimiento a la servidumbre. Uno es el laboral, del cual participan los niños forzados a trabajar en textiles de India, en minas del Congo o en las fábricas de aceite en Filipinas, o las mujeres de las fábricas de Vietnam, los emigrantes birmanos en Tailandia y los haitianos forzados a cortar caña en República Dominicana, los esclavos en las plantaciones de bananas en Honduras y los subcontratados por fábricas de calzado y prendas deportivas en Camboya.

La esclavitud sexual es otra forma de sometimiento aberrante. A las redes de explotación sexual que afectan a mujeres, a niños y a emigrantes, hay que añadir formas de matrimonio forzado que entrañan la esclavitud de las mujeres. En algunas zonas rurales, las deudas familiares se saldan con la entrega de niños como “servidores de por vida”.

Hay que considerar como forma de esclavitud lo que sucede con los niños reclutados a la fuerza por los ejércitos de Sudán, de Somalia, Liberia, Zaire o Sierra Leona. En Latinoamérica hay miles de adultos coaccionados para alistarse en ejércitos regulares, en guerrillas o grupos paramilitares.

La raíz de la actual esclavitud está en la pobreza absoluta de zonas cada vez más amplias del planeta y en la explotación sistemática que de los más débiles practican compañías transnacionales que no respetan fronteras, ni reconocen ley ni más orden que sus beneficios económicos.

Es preciso denunciar lo que genera estas nuevas formas de esclavitud. Los esclavos de hoy son producto de la guerra, de los criminales negocios de armas y del narcotráfico, así como de la demencial competitividad de los mercados.

Ante esta situación explosiva, los nuevos imperialismos demonizan toda protesta o alzamiento como actos terroristas. Los excluidos de hoy se alzarán y tomarán por la fuerza lo que se les niega en justicia.

 


 

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