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  • Edición impresa de Agosto 2, 2011

Hace unos días volví a ver de frente el rostro de la desesperanza. El rostro que vi tenía 16 años y lloraba. Era el rostro mexicano de las ilusiones rotas. Era la imagen encarnada de la realidad que viven los miles y miles de jóvenes hispanos que sienten que no tienen futuro. Como periodista, como hispana y como inmigrante he visto desfilar por las calles y los pasillos del capitolio en Washington las esperanzas de los inmigrantes que luchan por la reivindicación de sus derechos. Marchas, encuentros y protestas van y vienen mientras la realidad cotidiana sigue dejando su sello en la vida de los que crecen para ver como sus sueños se dan de frente contra un muro de intolerancia y de egoísmo.

Con contadas excepciones, el Dream Act, o Acta de los sueños, que busca darles la oportunidad a los jóvenes inmigrantes de acceder a la educación superior, ha sido un caballito de batalla presto a servirles de comodín a los políticos de ambos partidos que buscan el beneplácito de un grupo determinado. Pero lo cierto es que hasta ahora, y quien sabe por cuanto tiempo más, el acta de los sueños no pasa de ser eso, un sueño.

Ante el rostro desencajado de Ana Abigail Ibarra tuve que respirar profundo y tragar saliva para sacar fuerzas de flaqueza y decirle que sí podía. Que le iba a costar más trabajo y que le iba a tomar más tiempo, pero que si persistía y luchaba lo iba a lograr. Que si persistía y luchaba llegaría a donde quisiera llegar, que si persistía y luchaba en el camino iba a ir recogiendo paso a paso los frutos de su lucha y que esa lucha la haría mucho más fuerte y capaz.

¿Qué otra cosa podía decirle? ¿No es ese acaso el sueño americano? ¿No es este el país de las libertades y los logros?

No sé si Abigail haya recobrado la esperanza; no sé si logre recobrarla gracias al apoyo del grupo de Girl Scouts al que pertenece y que a través de charlas, conferencias y eventos trata de demostrarle a cientos de jóvenes hispanas que ellas también pueden ser líderes, que tienen derecho a sus sueños y que tienen posibilidades de alcanzarlos. No sé si el Dream Act llegue a ser aprobado por el congreso en el corto o el largo plazo. No sé si de tanto luchar y seguir luchando, los líderes proinmigrantes logren que algún día se apruebe una reforma migratoria.

Pero sé que tenemos que pelear entre todos para que nuestros jóvenes no pierdan la esperanza. Sé que no podemos permitir que las tazas de deserción escolar sigan aumentando. Sé que sólo con nuestro ejemplo podemos mostrarles que el mundo está lleno de posibilidades y que vale la pena luchar. Sé que no podemos permitir que más adolescentes decidan terminar con sus días cuando sienten que no hay nada que valga la pena. Sé que hay una fuerza única y total: el amor y que sólo a través del amor por nuestros niños y nuestros jóvenes podemos fabricarles un futuro mejor y verdadero en el que la felicidad sea posible.

La misión no es solo de legisladores y activistas, la misión es de todos. No podemos permitir que nuestros jóvenes pierdan la esperanza. ¿Qué estamos haciendo como padres? ¿Qué estamos haciendo como maestros? ¿Qué estamos haciendo como adultos responsables de guiar y de educar? Los jóvenes y el futuro que les espera son responsabilidad de todos.

 


 

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