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  • Edición impresa de Agosto 7, 2012

Por qué México no se hunde!

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El pasado mes de Julio tuve la oportunidad de visitar México una vez más, en los estados de Puebla y Veracruz, y como siempre, calmé la ansiedad de mi alma latina andando libremente por las calles, comiendo en las plazas de mercado, sumido en el bullicio del zócalo con su interminable desfile de programas culturales y en la frescura de los parques que alegran todas las ciudades; transitando como un paisano más entre las numerosas colonias y fraccionamientos, intrigado por la onda literaria que ofrecen las librerías de tomos nuevos y usados, tratando de capturar la corriente política del momento a través de las películas de moda y de la prensa, ya sea amarillista o alternativa; disfrutando de la cordialidad de los taxistas y de la conversación interrumpida pero a la vez coherente de los boleros, maravillado por la habilidad incuestionable de los malabaristas de semáforo y fascinado por la oferta infinita de antojitos, dulces, frutas, golosinas, artesanías, flores, obleas, canastos, veladoras, calcomanías y hasta lo impensable, por todos los caminos transitables de este impresionante país.

Tuve la fortuna de seguirle el hilo a este entramado complejo de la economía informal, de la cual vive un alto porcentaje de la población civil. Por ejemplo, en México las cosas averiadas no se tiran a la basura; se reparan, y esta actitud de uso prolongado constituye la base del sustento de millones de familias. El refrigerador de unos amigos se averió y tuvieron que llamar al técnico en electrodomésticos. A la hora convenida llegaron 3 individuos en traje de trabajo, amables y de conversación educada, quienes desbarataron ante nuestros ojos el refrigerador, lo limpiaron, le cambiaron la pieza que no servía, lo armaron sin que les sobrara un solo tornillo y en un par de horas entregaron el aparato funcionando como si estuviera nuevo. El costo fue de $650 pesos (unos 50 dólares). Aquel día, cada uno de esos 3 trabajadores ganó lo suficiente para cubrir las necesidades básicas de su familia.

La misma reparación en el contexto estadinense, hubiera implicado un costo tan alto que superaría el valor del refrigerador.

En México todavía existe una armada compuesta por millones de mecánicos, carpinteros, soldadores, albañiles, ajustadores, herreros, plomeros, etc., no asociados a las grandes industrias, que forman una sólida red de mano de obra económica y sustentable, misma que hace décadas desapareció en los Estados Unidos.

Otro ejemplo: Los dueños de la casa donde estábamos alojados se vieron en la necesidad de arreglar un escape de aceite en su viejo coche y en lugar de llevarlo a un mecánico, decidieron llamar a uno particular. El mecánico llegó el día siguiente desde muy temprano y comenzó a trabajar en el coche. Al descubrir que le faltaba un tubo de ensamble, salió él mismo a buscarlo y regresó al cabo de tres horas, mostrando la pieza como un trofeo, después de haber visitado todo el mercado de repuestos usados de la ciudad. Finalmente, alrededor de las 4 de la tarde y después de haber almorzado con los propietarios del vehículo, terminó su trabajo, el cual incluyó un par de arreglos más que fueron necesarios. El costo total de aquella jornada fue de 200 pesos mexicanos.

Usted podría decir que esto es muy poco y ciertamente lo es si piensa en su equivalente de 15 dólares.

También estará de acuerdo conmigo en que no encontraría un solo mecánico en USA que le haga semejante trabajo sin cita previa y sin someter el vehículo al diagnóstico de un computador. Mi observación es que aquel día, ese mecánico ganó lo suficiente para llevar pan a su casa e incluso le sobró. Ganó incluso más porque mientras trabajaba hizo nuevos amigos, confrontó su experiencia humana con la de otros humanos, se rió y se despidió de mano con el cliente.

Ese es el México popular que encontré, repleto de gente dispuesta a vivir, para quienes el pan de cada día constituye el reto de cada día. Cada mañana, los propietarios de negocios pequeños y medianos madrugan a lavar el frente de su andén con entusiasmo envidiable y con el mismo entusiasmo terminan a entradas horas de la noche sin reparar en las largas horas invertidas. Obviamente, para encontrar las virtudes de esta dinámica de vida, usted tiene que dejar de pensar en el costo de mano de obra por hora.

Una mañana, en una pequeña zona verde llamada el parque de las letras, en la ciudad de Puebla, vi a la mujer encargada de mantener el parque limpio, quien después de barrer por largo rato se sentó en una de las bancas, sacó unos taquitos de su bolsa y se dispuso a comer tranquilamente, sin premura mientras disfrutaba viendo pasar gente. Vale decir que el parque lucía impecable lo mismo que la ciudad, la cual está atendida por cientos de empleados del aseo nombrados por el gobierno, quienes exhiben la misma “tranquilidad” y ritmo de trabajo que la mujer del parque.

Es evidente que el sistema no quiere ni puede controlar hasta el mínimo detalle cada aspecto de sus vidas, lo cual crea un espacio suficiente para vivir sin preocupación antiséptica ni complejo de persecución. Los mexicanos de las clases populares se ríen, hacen bromas continuamente, se burlan del sistema y aman a la virgen de Guadalupe; celebran todo el tiempo y convierten cualquier evento en una fiesta; comen bien y se levantan con ganas de “hacerle la zancadilla al centavo”.

Walmart y otros pulpos pueden seguir creciendo y conquistando el ego de la clase media arribista pero mientras los populares, los de “a pie” sigan ayudándose unos a otros para mantener su intrincada economía informal, es muy probable que México no se hunda como se están hundiendo varias economías tecnificadas del primer mundo.

Comentarios: prietojim@webelpuente.com

 


 

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