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  • Edición impresa de Agosto 6, 2013

México del Norte

Nuestro Problema

Steve King, congresista republicano que nos odia como si fuéramos la peste, dijo acerca de la inmigración que “lo que ocurra en el futuro con los indocumentados no es su problema”.

Lo afirmó en una entrevista con una cadena de televisión que transmite en español, agregando a eso su cantaleta de siempre: “legalizar a los inmigrantes indocumentados sería renunciar a la vigencia de la ley”.

Para echarle leña al fuego, señaló que los ciudadanos estadounidenses “no tienen la obligación moral de resolver el problema de los 11 millones de personas que están aquí ilegalmente.” De hecho, insiste en que cada quien tiene que “tomar una decisión por su cuenta sobre lo que deben hacer”.

Ese pensamiento es absurdo para un legislador cuyo trabajo es hacer leyes. Si ese no es “su problema”, entonces prácticamente nada es “su problema”: ni la economía, ni el desempleo, ni los sistemas de salud, ni mucho menos lo que decida hacer una mujer embarazada.

La existencia de inmigrantes indocumentados se debe a que hay una ley que no les permite tener documentos. Y esa ley es asunto de King y otros patanes de su talla.

En ese sentido se puede afirmar que el “problema” no es la migración, sino la falta de visas para los inmigrantes. Los seres humanos tienen la característica de ir en búsqueda de lugares donde haya más comida, escuelas, o trabajo. Si no hubiera fronteras este movimiento no implicaría un inconveniente para nadie. La complicación surge cuando hay que pedir permiso para vivir mejor. 

Pero Steve King y sus compinches republicanos sí tienen un problema, y grande: el Comité Nacional Republicano, Paul Ryan, Marco Rubio, Karl Rove, John McCain y hasta George W. Bush creen que la inmigración sí es “su problema”, y quieren que se resuelva. También buscan una resolución la Cámara de Comercio, docenas de congregaciones religiosas, e incluso grupos de extrema derecha como el Instituto Cato, y algunos millonarios que financian las campañas electorales de muchos republicanos. Por supuesto, inclusive los votantes quieren hallar una pronta solución.

A eso se suma, además, que el próximo año hay elecciones, y mucha gente quedará muy resentida si no se aprueba una reforma migratoria. Y no me refiero a los votantes latinos, sino a los financistas e intelectuales de derecha, a los que no les hace gracia quedar del lado de los perdedores.

Por ejemplo, la Cámara de Comercio que invirtió 30 millones de dólares en favor de los republicanos en la última elección, hoy apoya una reforma. Karl Rove, estratega que le hizo ganar a Bush sus campañas electorales también la defiende abiertamente desde el diario Wall Street Journal. Y, como si esto fuera poco, el Comité Nacional Republicano  concluyó después del fracaso electoral del año pasado que “tenemos que liderar una reforma migratoria integral”.

No obstante, para King, toda reforma equivaldría a una “amnistía que mancharía para siempre la cultura americana”.

En resumen, si la inmigración sólo fuera “problema” de cada quien, no habría “problema”. Estaríamos todos felices y con papeles.

Por eso no hay que dejar descansar a este hombre: hay que tomarle las oficinas, hacer marchas alrededor de su casa, o pintarle la barda de enfrente.

Es que, desgraciadamente, los políticos son “nuestro problema”, y no podemos dejarlos decir que nosotros no somos “su problema”.

 

 


 

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