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  • Edición impresa de Agosto 4, 2015

Nueva dimensión para el trabajo

El trabajo no puede ser una ley sin ser un derecho, escribía Víctor Hugo  porque, al igual que los sueños, el trabajo no es una concesión, sino un derecho. El hombre necesita soñar tanto como trabajar para sentirse pleno. En la actualidad, el valor del trabajo se reduce al cumplimiento de un contrato legal, al ejercicio correcto del deber. Pierde así su dimensión de derecho inalienable del hombre, de valor en sí mismo para completar la condición humana.

El trabajo es tanto un fin como un medio. Es importante no sólo por el bienestar material que proporciona sino también porque reconoce en la persona el sentido de su identidad, la conciencia de su puesto en la sociedad, el sentimiento de estar integrado en ella. 

El avance de las tecnologías, la precariedad de los contratos laborales y la de las empresas hacen que asistamos a una creciente desvalorización del trabajo.

El primer paso para revalorizar su concepto es  comenzar por su etimología. La palabra trabajo tiene su origen en el tripalium romano, un instrumento de tortura compuesto por tres palos a los que se ataba al reo para azotarlo. De ahí que se asocie al trabajo con el dolor y el esfuerzo. Esta concepción negativa nos lleva a esa visión del trabajo como contrato que nos ata, como actividad que implica sufrimiento. Si recuperamos la concepción del trabajo como work, “hacer” en el sentido de una actividad creativa, recuperaremos la dignidad que encierra. Esto conllevará a que el hombre valore su trabajo como oportunidad de realizarse, más como un fin que como un medio.

Otra idea que hace falta depurar es la equiparación entre trabajo y empleo. El empleo tiene una connotación puramente económica. Sólo es trabajo aquello que aporta ingresos, así que el trabajo doméstico queda desvalorizado.

 En la revalorización del trabajo dentro del marco legal, el Estado juega un papel muy importante. Debe equiparar el derecho al trabajo con el deber de trabajar, porque la descompensación entre deber y derecho es igual a la injusticia social.

Como afirmaba Víctor E. Tokman, ex director regional de la OIT para América Latina y el Caribe, “los valores éticos deben enmarcar los logros económicos”. Los derechos humanos tienen que prevalecer por encima de los intereses particulares y el beneficio no puede ser el único parámetro en la toma de decisiones económicas. Y ahí entra el papel del Estado, que debe defender la dignidad de todos sus ciudadanos y la consecución de la justicia social.

Si renunciamos a nuestro derecho al trabajo, perdemos una parcela de nuestra dignidad. Valorar el trabajo es el primer paso para reivindicar su mejora. Sentir que el trabajo te pertenece, forma parte de ti, porque sólo se defiende aquello que tiene valor, aquello que nos aporta felicidad. Si pasamos más tiempo trabajando que durmiendo, será mejor disfrutar de ese espacio que del dinero que nos resta para el tiempo libre. Y como decía Goethe: “Cuando he estado trabajando todo el día, un buen atardecer me sale al encuentro”.

 


 

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