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  • Edición impresa de Agosto 18, 2015

La lucha por el cerro del peyote

Wirikuta es una zona sagrada de la Sierra de Catorce mexicana, en el Estado de San Luis Potosí. Su paisaje polvoriento está salpicado de cactus; los vecinos de la región sufren desde hace décadas una sequía inclemente, pero el clima es ideal para el peyote, que crece escondido entre las piedras. Todos los años, peregrinos del pueblo indígena huichol cruzan el desierto hasta el Cerro del Quemado; según su mito de la creación, el lugar donde salió el sol por primera vez.

En esa misma zona fueron otorgadas 78 concesiones a empresas mineras por el Gobierno de Felipe Calderón, actualmente paralizadas por un recurso legal interpuesto por el pueblo huichol o wixárica (pronunciado “huirrárica”).

“Nos quieren matar”, resume José Luis Ramírez, que también se llama Uxamuire, un chamán. Para su pueblo, que conserva ritos ancestrales de colecta y consumo religioso del peyote, además de una relación profunda con la tierra, vaciar su centro más sagrado significaría el fin del mundo. Ha recorrido Europa estos meses acompañado de su hijo Enrique, o Haikuka, y del cineasta argentino Hernán Vilchez para proyectar un documental sobre el conflicto titulado Huicholes: los últimos guardianes del peyote (2014). Vilchez recalca que está financiado sólo con la venta del DVD, aportaciones voluntarias y dinero de su bolsillo y de la coproductora Paola Stefani.

El documental aborda el plan de la canadiense First Majestic Silver, que posee 22 de las concesiones y pretende explotar las vetas de plata que ocultan las montañas sagradas en su interior. Los más místicos sostienen que esa plata es la que otorga al Cerro del Quemado su energía sobrenatural. En un Estado donde la mitad de la población vive en situación de pobreza, para muchos vecinos la mina supondría una importante ayuda: la empresa promete crear 500 puestos directos y 1,500 indirectos en una zona dedicada a la minería desde el siglo XVIII. Pero los ecologistas denuncian que el fin del mundo del que alertan los indígenas se traduciría en prácticas extractivas muy dañinas, que requieren una enorme cantidad de agua y producen residuos químicos que terminan en vertederos.

El año pasado -añade Vilchez- Uxamuire y otros líderes se reunieron con portavoces de First Majestic en su sede de Vancouver para pedirles que renunciaran a la mina. La empresa sugirió como solución que los indígenas comprasen las tierras al Estado. La idea ofende a los huicholes: para ellos es tierra sagrada, no se puede poseer; y, de todos modos, carecen de recursos económicos. “Imagínate que encontrasen oro debajo de la basílica de San Pedro en el Vaticano”, ilustra Vilchez, indignado. “¿Qué pensarían los católicos del mundo si les dijesen: ‘Les dejamos la basílica pero debajo hacemos un agujero y lo sacamos todo?”.

 


 

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