Dibujos de Karime Perea

La Chulada

Por Martín Corona

En un plácido estanque llamado Croakataun, cada año, los huevecillos rompían para que los nuevos renacuajos salieran al agua.

Un enorme sapo llamado Próculo con voz ronca iba diciendo:

Este renacuajo es... ¡¡¡una rana feliz!!!

Este renacuajo es... ¡¡¡un sapo enfermo!!!

Este renacuajo es... ¡¡¡una rana dudosa!!!

Cada vez que terminaba de hablar, los padres del renacuajo aplaudían mientras iban pensando en darle un nombre al pequeño, de acuerdo al destino que le había asignado Próculo con sus cavernosas palabras.

La pareja de ranas más viejas de todo Croákataun esperaba an-siosa que abriera el último huevecillo de su camada:

Este renacuajo es...

El huevo no abría.

Este renacuajo es...

Apenas se movía dentro el renacuajo

Este renacuajo es... ¡¡¡una CHULADA!!!

Y el último renacuajo nadó con belleza, haciendo giros hermosos y dejando a todos boquiabiertos, mientras sus padres casi lloraban de contento al ver que la última de sus ranitas era algo extraordinario.

Todo Croakataun se detenía cuando Chulada salía de su casa. Era la ranita más graciosa y sublime que se había visto.

Cuando pasaba nadando, todo a su alrededor se detenía. Las otras ranas dejaban de nadar, quedando suspendidas en el agua.

Cuando se asomaba hacia fuera del estanque mosquitos, moscas, moscos y moscardones detenían su vuelo para echar un suspiro zumbado. Lo cual aprovechaban las ranas y sapos para alimentarse.

Cuando alguna otra ranita o sapito se acercaba a Chulada para invitarla a jugar, ella respondía:

“Si juego con ustedes seguro que me lastimarán, además mis papás me regañan y... no quiero”.

Cuando llegaba a casa, sus viejos padres le insistían que jugara con los demás, recomendándole que cuando alguna ranita la tocara ella saliera corriendo detrás de ella... Pero a Chulada eso no le gustaba.

Una mañana, los padres de Chulada salieron con ella a conseguir comida. Asombrados, descubrieron lo fácil que era cazar insectos asombrados con la belleza de la pequeña ranita.

- Petra, ¿podrías brincar hasta acá para que los mosquitos dulces de aquel enjambre se detengan un poco?

- NO, porque yo no me llamo así... Todos en Cracataun saben que mi nombre es Chulada.

La pareja de viejas ranas se miró desconcertada y prefirió seguir cazando como si su pequeña no hubiera dicho eso.

Con los años, la fama de Chulada pasó del estanque Cracataun a sus alrededores y decenas de bichos hacían fila para ver cómo, todas las mañanas, salía de su casa y nadaba de una forma tan hermosa que arrancaba suspiros lo mismo de ranas, sapos, insectos...

 

Una ocasión mientras todos miraban embobados los movimientos gráciles de Chulada, escu-charon el grito ahogado de Román, el sapito que más rápido y alto brincaba. Cuando voltearon, sólo pudieron ver cómo las ancas de Román se estremecían en la boca de una serpiente.

Todos huyeron a esconderse, pero Chulada se quedó mirando a los ojos a la serpiente.

“No la mires Chulada, te hipnotizará y luego... capún, te comerá de un bocado”.

Le gritó una vieja rana desde su escondrijo.

Chulada miró de frente a la serpiente verde, gruesa y de azules ojos vidriosos.

La serpiente sólo alcanzó a decir:

“Perro qué linda es exta ranita, en verrdad que es muuuy ferrrmosa”.

Y luego se marchó.

Bastó eso para que nadie se atreviera a hablarle a Chulada. Sólo sus padres de vez en vez le hacían recomendaciones:

- Pero Petra, ya va siendo tiempo que busques alguna rana o sapo que te acompañe en tus salidas, ya has dejado de ser una niña y necesitas de alguien que te cuide.

- Primero que nada, nunca, jamás, pero en verdad me llames asì. Y no necesito nada, ni a nadie, estoy bien así.

Pero en realidad, la hermosa rana adolescente no se sentía nada a gusto.

Continuará