Es posible otro Estados Unidos

Carlos Miguélez / CCS 

Estados Unidos está hoy ante una encrucijada. Queda en sus manos cambiar de rumbo o seguir por el camino destructivo que lo está aislando. Bill Clinton encabeza una corriente política que propone desde hace unos años un paradigma con un equilibrio que no ha tenido la política de los neoconservadores.

En una entrevista reciente con Le Monde, el ex presidente habló de su proyecto de política exterior: The Clinton Global Iniciative. Insistió en que vivimos en un mundo interdependiente y en que el destino de los norteamericanos está estrechamente vinculado al de los otros pueblos. “Debemos construir una comunidad mundial de responsabilidades, de valores y de beneficios compartidos”.

Clinton propone la religión como fuerza para resolver los conflictos en lugar de crearlos, la puesta en marcha de nuevas estrategias económicas políticas y tecnológicas para combatir el calentamiento del planeta, la reducción de la pobreza y el mejoramiento político en los países en desarrollo.

Es posible otro Estados Unidos y es el momento de cambiar. ¿Será acaso una mala señal para Bush que, horas después de los peores momentos que ha vivido por el huracán, haya muerto el juez que decidió su victoria electoral en 2000? El citado juez, William H. Rehnquist, llevó a cabo una revolución conservadora en la Suprema Corte y colaboró con dos de las administraciones más destructivas: la de Nixon y la de Reagan, que en su tiempo también se enfrentaron a escándalos similares. Quizá estemos frente a la agonía de un proyecto destructivo y de entre las cenizas nazca una nación más constructiva.

Ningún ciudadano estadouniden-se habría creído hace meses que su ejército seguiría sufriendo tantas pérdidas en Irak y que un huracán mataría a miles de personas y pondría a una de sus ciudades en estado de sitio. Diría que esas son cosas de tercermundistas.

Bush también envía marines en casa, esta vez 3,000 desplegados en Louisiana, además de convertir una central de autobuses Greyhound en una prisión provisional. Todo para poner orden y evitar “saqueos”. Si el gobierno no cubre las necesidades de la gente afectada por la catástrofe, ¿no tiene ésta un derecho inalienable a sobrevivir? Resulta desolador ver las imágenes de la estación, plagada de jóvenes negros con el traje naranja de prisionero.

El fracaso en Irak ya había despertado a miles de ciudadanos. Ahora la ineptitud del gobierno para evitar que empeorara la catástrofe humana en Nueva Orleáns ha despertado más voces que cuestionan el sentido de tanto gasto en una guerra perdida si luego faltan los medios para atender a una población devastada por un huracán.

Quizá se estén dando cuenta de que siempre ha existido otro Estados Unidos posible: el de Franklin y Jefferson, en el que cada persona tendría como derecho fundamental el derecho a la búsqueda de la felicidad. Un país que cubra las necesidades de todos y que no deje expuestas a miles de personas para que se las lleve un huracán.

En ese sentido de igualdad, Bill Clinton había propuesto reformas al sistema sanitario, pero el lobby farmacéutico lo paró en seco. También había advertido de los riesgos que suponía construir en ciertas zonas de Nueva Orleáns y detuvo muchos proyectos que Bush reinició después.

El pueblo norteamericano puede entrar en conciencia y labrar una nación como la que imaginaron sus fundadores y como la que tiene en mente su clase política más moderada. Su felicidad está relacionada con la del resto del mundo.