México del Norte

Elvira por Elvira

Por: Jorge Mújica Murias

A simple vista, Elvira Arellano no tiene nada que la distinga de los cientos de miles de michoacanos que viven de este lado del Río. Morena, de apariencia normal, pasados apenas los 31 años.

Pero más allá de la primera impresión, Elvira se va distinguiendo poco a poco y, a veces, mucho a mucho, del resto de sus paisanos y de los mexicanos y los latinos en general. Para empezar, es indocumentada. Es público y sabido, pero no por sabido se calla. Por el contrario, se dice alto y fuerte.

Elvira apareció en la escena pública hace cuatro años, cuando pidió ayuda para evitar que la deportaran, después de haber sido arrestada en su casa, en la madrugada, por agentes del FBI que la esposaron y le preguntaron que “en dónde tenía las armas”.

La pregunta venía por la paranoia típica del momento relacionada con los aviones. Elvira trabajaba limpiando aviones, trabajo exclusivo para ciudadanos, y obviamente el FBI la cachó y la acusó de terrorismo.

Gracias a que no se calló la boca, Elvira fue la única de su grupo de compañeros de trabajo que no salió del país. El movimiento pro inmigrante la defendió y consiguió una prórroga a su deportación.

Por años, Elvira consiguió extensiones a su permiso provisional para quedarse en México del Norte, entre otros argumentos porque su hijo Saúl, ahora de seis años de edad, ciudadano de Estados Unidos, tenía problemas de salud.

En los cuatro años de chance, Elvira se convirtió en una notoria activista a favor de los derechos de los inmigrantes, viajó a varios estados del país, hizo presentaciones y dio discursos dentro del movimiento migrante.

En la ciudad de Cicero, hace dos años, se enfrentó a Vicente Fox y le dijo que no aceptábamos de ninguna manera su posición agachona de un nuevo plan de braceros. Literalmente, Elvira le pidió que “agarrara al toro por los cuernos y peleara por nuestra demanda, la legalización para todos los indocumentados”, a lo cual Chentito respondió con una de sus habituales burradas, de que “más valía tener el pájaro en la mano” y agarrar lo que había (albur original de Vicente, no mío).

Iglesia por Iglesia

Desde hace una semana, Elvira está refugiada, literalmente pidió asilo, en una iglesia metodista en Chicago. Su permiso para permanecer en el país termina en un mes e Inmigración la llamó para decirle que se tenía que ir. Y Elvira fue, pero no a las oficinas de la Migra para que la deportaran, sino a la iglesia. El reverendo del lugar, Walter Coleman, declaró que la iglesia era un santuario y que Elvira puede vivir ahí el tiempo que necesite. Inmigración dice que les vale gorro el santuario, y que deportarán a Elvira “en el momento en que lo decidan”.

Alguien dejó salir por ahí una cifra, según la cual hay 350 mil niños estadounidenses en la situación de Saúl, ciudadanos estadounidenses con padres indocumentados. Son niños y niñas hijos de inmigrantes que, en caso de que sus padres sean deportados, tendrían que dejar el país junto con los autores de sus días, lo cual equivale prácticamente a deportar ciudadanos.

La ley actual no dice nada al respecto, otra razón más para luchar por la reforma integral de inmigración, y los niños no pueden pelear por sus padres. En el caso concreto de Elvira, ni hijos ni esposo ciudadanos podrían hacer nada por ella, porque a estas alturas Elvira prácticamente está violando la ley por no presentarse voluntariamente a que la deporten. Si la Migra quiere, podrían incluso acusarla de un crimen y meterla 4 años a la cárcel.

Por eso urge la solidaridad con Elvira y con los 350 mil chamacos. La recientemente formada Alianza Nacional por los Derechos de los Inmigrantes ya lanzó la consigna de que cada inmigrante que tenga procesos pendientes y esté en riesgo de deportación agarre sus chivas y se vaya directamente a la iglesia más cercana a su corazón y su fe, ya sea católica, episcopal, metodista o, para el caso, budista. Al mismo tiempo, el movimiento inmigrante llama a las iglesias a dar santuario y refugio a los indocumentados que lo soliciten.

La cuestión es multiplicar a Elvira por mil, por 20 mil, a nivel nacional, para no tener que arreglar caso por caso, sino para arreglarlos a todos juntos de una vez.