Las migraciones: Una mirada desde América Latina y el Caribe

Aunque han sido consustanciales al desenvolvimiento de la civilización humana, hoy en día las migraciones tienen una escala mucho mayor y causas más complejas que en épocas anteriores.

Vivimos un proceso de modernización capitalista a escala global: el capitalismo se expande y borra las fronteras nacionales, actúa de acuerdo con una lógica que no considera más que el lucro y produce enormes desequilibrios económicos en los países, tanto en el campo como en la ciudad. Este proceso contribuye de forma creciente a producir migraciones a gran escala que tienen como escenario, cada vez más, el planeta entero.

Uno de los aspectos más importantes para comprender la dimensión de las migraciones contemporáneas (aunque no el único), es la desestructuración del mundo campesino en Asia, África y América Latina y el Caribe, provocada por el giro que ha tomado el capitalismo en el transcurso de los últimos 60 años.

Así, la década de los cincuenta presenció el despliegue de la llamada “Revolución Verde”, que potenció la industrialización del campo y tuvo efectos desastrosos entre el campesinado latinoamericano y caribeño. De manera acelerada, la plantación a gran escala sustituyó a las pequeñas unidades productivas, muchas de ellas de base familiar. Miles de campesinos y campesinas emigraron a las ciudades en condiciones deplorables y, con el tiempo, comenzaron flujos migratorios hacia los países más industrializados, que los atraían con su dinamismo económico.

Sin duda, comprender los impactos de estos procesos complejos entre el campesinado es crucial para explicar la magnitud que el fenómeno migratorio tiene en la actualidad. La década de los ochenta y los noventa trajeron consigo más daño a la agricultura local de pequeña escala, pues las políticas de apertura comercial indiscriminada y el libre comercio impuesto por las grandes potencias (en particular Estados Unidos y Europa a través de la OMC), se orientaron a favorecer los intereses de los cárteles agroindustriales.

En todos los países de la región, el campesinado sufrió nuevos y más fuertes reveses y ello se refleja en el comportamiento de las migraciones. Por ejemplo, en México se han perdido 2 millones de empleos agropecuarios entre 1994 y 2006; la caída de los precios reales de los productores ha oscilado entre un 40 y un 70%; el 70% de la población rural del país vive en condiciones de pobreza y se sufre un aumento generalizado del precio de los alimentos. En correlación con este proceso se ha verificado un crecimiento permanente de las migraciones hacia Estados Unidos: en la actualidad, más de 10 millones de mexicanos son inmigrantes en este país.

Como consecuencia de estos cambios en la vida de las poblaciones rurales, más de 300 mil pobladores emigran hacia los Estados Unidos cada año, y se espera que hacia el año 2030 esta cifra se eleve a 412 mil personas. Y muchas veces el precio que se paga no es solamente el desarraigo: sólo en el período de aplicación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, han sido asesinados o han muerto en la frontera más de 4 mil mexicanos.

El mercado laboral

En los últimos años, Europa se ha convertido en el nuevo destino de los inmigrantes, expulsados de los países latinoamericanos por la imposibilidad de sobrevivir en condiciones de exclusión severa. Se estima que hay en España (uno de los destinos principales) más de un millón de ecuatorianos, así como miles de bolivianos, peruanos y colombianos. Lo mismo sucede en Alemania.

De esta manera, podemos afirmar que las migraciones se incrementan como resultado directo de la destrucción de las economías locales y nacionales en los países latinoamericanos y del Caribe. Los “Programas de Ajuste Estructural” impuestos por los organismos financieros internacionales, tuvieron efectos, además, sobre la población urbana, pues las privatizaciones, la disminución del empleo público, el cierre o eliminación de servicios de seguridad social, entre otros factores, incidieron negativamente sobre la calidad de vida de los latinoamericanos y caribeños.

El número total de personas que han emigrado se ha duplicado en el mundo desde 1975. Actualmente, 200 millones de seres humanos viven en países distintos de su país de origen y la Organización de las Naciones Unidas ha señalado que este número aumentará hasta 280 millones en los próximos 40 años.

Este hecho tiene graves consecuencias para los países expulsores, pues éstos pierden todos los días a miles de ciudadanos y ciudadanas con capacidades, fuerza y destrezas que se integran luego en los países capitalistas industrializados, aumentando con su trabajo la tasa de ganancia de esos países.

Hay en ciernes la creación de un mercado laboral mundial sobre la base de la internacionalización de la producción: un mercado flexibilizado, donde no se reconocen los derechos y garantías que las legislaciones nacionales e internacionales sobre la cuestión laboral consagran a favor de las personas trabajadoras. Los trabajadores y las trabajadoras inmigrantes cumplen un papel fundamental en el proceso de acumulación de capital en la globalización, a pesar de lo cual sufren todo tipo de obstáculos, vejaciones y prejuicios en aquellos países donde intentan ganarse la vida.

Frente a las migraciones masivas que la misma globalización neoliberal ha contribuido a producir, la respuesta de los países “desarrollados” ha sido imponer nuevos muros a las personas migrantes, a pesar de que sus economías dependen de la incorporación masiva de esta fuerza de trabajo. Las grandes potencias imponen legislaciones cada vez más represivas y criminalizantes sobre la cuestión migratoria, sin darse cuenta (o fingiendo no darse cuenta) de que las oleadas migratorias son resultado directo del modelo económico impuesto al mundo entero en las últimas décadas y del cual ellas son las responsables directas.

¿Cómo explicar que la Unión Europea y Estados Unidos, necesitados de flujos migratorios crecientes para el éxito de sus economías, impongan cada vez más sanciones, obstáculos y limitaciones al libre tránsito de las personas migrantes, así como que se rehúsen a reconocer plenamente los derechos de ciudadanía de estas personas? ¿Será la forma de imponer a las poblaciones inmigrantes unas condiciones aún peores que las actuales, forzándolas a aceptar la violación de sus derechos como algo preferible a la deportación?

Un cinismo estructural propio del perverso sistema neoliberal queda en evidencia: mientras es innegable la necesidad de trabajadores inmigrantes, lo que no se dice es que, justamente, se los quiere precarios, des-ciudadanizados, sin derechos, porque sólo así son rentables, sólo así son “competitivos”, sólo así maximizan las grandes ganancias de los dueños del poder y el desarrollo del país. No es la migración lo que se quiere detener, sino la migración con ciudadanía, con derechos.

Un grito por la ciudadanía universal

Frente a la situación desoladora de los inmigrantes, el Grito de los Excluidos levanta la bandera de la Ciudadanía Universal y de una integración de los pueblos asentada sobre nuevos principios de solidaridad, respeto a la dignidad humana y responsabilidad con la naturaleza, entre otros.

Definimos la Ciudadanía Universal como aquella que reconoce a todo ser humano (y a los grupos humanos), en función de su humanidad misma, el ser titular de derechos económicos, sociales, políticos y culturales, con respeto a la diversidad, allí donde estén.

La Ciudadanía Universal comprende:

· El acceso y pleno disfrute de los derechos humanos y políticos, consagrados por las legislaciones internacionales y nacionales sobre estas materias, incluso el derecho al voto. Es imprescindible que todos los gobiernos firmen, ratifiquen y pongan en práctica la Convención Internacional de la ONU sobre los Derechos de los Trabajadores Inmigrantes y de sus Familias.

· La no criminalización de las personas migrantes por la situación administrativa en que se encuentren, pues no hay ningún ser humano ilegal.

· La libre circulación de las personas migrantes en nuestra región, así como en Europa y Estados Unidos (los principales puntos de destino de los inmigrantes).

· La amnistía general, pues para poder llegar a una verdadera integración de los pueblos es necesario que todo el mundo tenga aseguradas las mismas condiciones de acceso a una vida digna.

Desde esta perspectiva, condenamos la “Directiva de Retorno” y los “Muros de la Vergüenza” que la Unión Europea y Estados Unidos erigen como muros visibles e invisibles a la dignificación de las personas migrantes.

La Ciudadanía Universal es una urgencia en el contexto actual en que se desenvuelven las migraciones en el mundo entero. La dignificación de las personas migrantes no puede esperar más y se debe proseguir la lucha por la misma con más compromiso, en el momento en que los gobiernos de las grandes potencias y de muchos otros países imponen legislaciones punitivas, persecutorias y racistas en contra de las personas que salen de sus países; personas que buscan la forma de sobrevivir dentro de un sistema económico y social que las obligó a dejar sus países y que, al llegar a otro, las castiga como si fuesen responsables o culpables de haber tenido que emigrar.

Que la migración sea una elección libre de las personas y no una imposición, una opción forzosa, es también una de las aspiraciones del Grito de los Excluidos/as, que simboliza el grito de los y las migrantes de todo el mundo por Trabajo, Justicia y Vida.

Rivas Vaciamadrid, España, septiembre de 2008

III Foro Social Mundial sobre las Migraciones