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  • Edición impresa de Septiembre 8, 2011

Manifestaciones en Washington D.C. hacen temblar a las grandes petroleras

La Casa Blanca sufrió una sacudida, no solo a causa del terremoto de magnitud 5,8, sino también por las crecientes protestas frente a la casa presidencial. Más de 2,100 personas dicen que se arriesgarán a ser arrestadas. Se oponen al proyecto del oleoducto Keystone XL, diseñado para transportar crudo pesado de las arenas de alquitrán de Alberta, Canadá, a refinerías de la Costa del Golfo de México en Estados Unidos.

En arquitectura, “Keystone”, que significa “piedra angular”, es la piedra en la cima de un arco que lo mantiene en pie. Sin ella, la estructura se caería. Al exponerse al riesgo de ser arrestados, como ya sucedió, estos practicantes de la orgullosa tradición de la desobediencia civil estadounidense esperan hacer colapsar no solo el proyecto del oleoducto, sino también hacer tambalear la dependencia de los combustibles fósiles que está acelerando el cambio climático.

El movimiento de oposición a Keystone XL abarca desde activistas y científicos, hasta pueblos indígenas de los llanos y bosques boreales que corren peligro en Canadá, donde se encuentran las arenas de alquitrán, pasando por productores rurales y agropecuarios de la región ecológicamente vulnerable de Sand Hills en Nebraska, estudiantes y médicos.

Exigir cambios es una cosa y lograr un cambio en Washington D.C. es otra, en particular considerando la hostilidad de la Cámara de Representantes —controlada por los republicanos— ante cualquier legislación contra el cambio climático. Es por eso que las protestas contra el oleoducto Keystone XL se están desarrollando frente a la Casa Blanca.

Obama tiene el poder de detener la construcción del oleducto. La empresa canadiense que está detrás del proyecto, TransCanada, solicitó un permiso al Departamento de Estado de Estados Unidos para construir el oleoducto. Si el Departamento de Estado niega el permiso, el oleoducto Keystone XL estará muerto. La gran devastación ambiental provocada por la extracción de petróleo de las arenas de alquitrán continuaría, pero sin fácil acceso a las refinerías y al mercado estadounidense, el proceso sin duda se demoraría.

Los ejecutivos de TransCanada están confiados de que Estados Unidos les otorgará el permiso a fin de año. Los políticos republicanos y la industria petrolera publicitan al proyecto diciendo que generará puestos de trabajo en la construcción bien remunerados, e incluso han tenido apoyo de algunos sindicatos.

En respuesta a esto, dos grandes sindicatos, el Sindicato Unido de Tránsito y el Sindicato de Trabajadores del Transporte, que representan a más de 300,000 trabajadores, pidieron al Departamento de Estado que negara el permiso a la empresa canadiense. Expresaron en un comunicado de prensa conjunto: “Necesitamos puestos de trabajo, pero no basados en aumentar nuestra dependencia del petróleo de las arenas de alquitrán.

Se podrían generar muchos empleos basados en el desarrollo de la conservación energética, en la modernización de la red de electricidad, en el mantenimiento y la expansión del transporte público; empleos que nos pueden ayudar a disminuir la contaminación del aire, las emisiones de gases de efecto invernadero y mejorar la eficiencia energética”.

 


 

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