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  • Edición impresa de Septiembre 20, 2011

• México del Norte • Celebrando el 11

No es culpa nuestra, sino del calendario. El 11 de septiembre, cuando todo el mundo en Estados Unidos debía supuestamente haber estado guardando luto y recordando los muertos de hace diez años en las Torres Gemelas, los mexicanos andaban desfilando alegremente por las calles en todo México del Norte.

Cayó en domingo, el domingo previo a la noche del Grito de Independencia y pues ni modo, había que celebrar. Pero las celebraciones no solamente ocurrieron acá en el norte, sino también en el sur.

Culpa del calendario otra vez, pero sucede que desde marzo de este año la Cámara de Diputados aprobó que en México el 11 de septiembre fuera fecha de fiesta nacional. El acuerdo agregó la fecha a la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno nacionales, porque ese día el ejército nacional puso en la torre a los españoles que trataban de re-invadir México a ocho años de firmada la Independencia.

A los ex dueños del país se les ocurrió que la habían regado y patrocinaron a un grupo de aventureros que invadieron el puerto de Tampico y a los dueños reales del país no les quedó más remedio que recordarles la Madre Patria.

Curiosamente, no se dedica el día al general que dirigió a los mexicanos a esa victoria, como se hace con Zaragoza el 5 de Mayo. A la mejor porque era un cuate veracruzano de nombre Antonio López de Santa Anna, que unos añitos más tarde vendió la mitad del territorio a los gringos y ni se lo pagaron. La victoria se le atribuye a Vicente Guerrero, entonces presidente del país. Curiosamente, también el 11 de septiembre pero de 1855 fue cuando Santa Anna fue corrido definitivamente del país.

Pero si de recordar víctimas se trata, el 11 de septiembre, habría que acordarse de todos, no nomás de algunos.

Para empezar, de los 40 inmigrantes indocumentados que las autoridades de Nueva York, entre ellas la alcaldía y la policía, descontaron de la cifra oficial de fallecidos en las Torres Gemelas con el ridículo argumento de que “no se pudo demostrar su existencia”. No es que no se hayan encontrado sus cuerpos sino que se declaró que no se podía demostrar que vivieron porque no tenían papeles oficiales, requisito indispensable para poder reconocer que habían muerto. Es como haber dicho que los meseros y cocineros y demás trabajadores de las Torres que no tenían papeles eran fantasmas.

Para seguir, recordemos a los 3,500 hombres, mujeres y niños irlandeses asesinados por Inglaterra en 1649, en la masacre de Drogheda ordenada por Oliver Cromwell. Y luego a los catalanes muertos en 1714, cuando España los conquistó. Para seguir, a los hondureños asesinados en la invasión gringa a su país en 1919, y a los palestinos de 1922, cuando Inglaterra se declaró dueña de su país.

A los de 2001 también, claro, pero a todos, y luego a los 80 que han muerto por cada uno que murió en las Torres, en Irak, Afganistán y que no tuvieron nada que ver con nada.

Y de pilón, a los miles de chilenos torturados, asesinados, arrestados y exilados por el criminal golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, cuando un general apoyado por Estados Unidos asesinó a un presidente constitucionalmente electo, argumentando que era lo mejor para su país.

Honor a todos los muertos.

 


 

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