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  • Edición impresa de Septiembre 18, 2012

¿Terminará deshaciéndose de facto la Unión Europea? Hoy, esa hipótesis ya no es descartable. El Reino Unido bien podría largarse en ese referéndum con el que sueña David Cameron, y Alemania, una vez que España, Italia, Grecia y Portugal se vean devueltos a su condición anterior a la construcción europea, bien podría seguir el camino que citan con creciente desparpajo sus políticos y periodistas conservadores: constituir, con algunos vecinos de la Europa central, oriental y septentrional, un club basado en un euro fuerte y una disciplina presupuestaria de acero. París quedaría así en el limbo y Berlín sería la capital de una nueva potencia germana, esta vez, financiera y económica.

Puede que ocurra esto o puede que no. Lo certificable ahora es que el “nuevo orden mundial” surgido de la caída del muro de Berlín, el hundimiento del imperio soviético y el final de la Guerra Fría, ha sido de breve duración. En contra de lo que entonces se profetizó, el siglo XXI no será indiscutiblemente americano, con Estados Unidos como eje de un mundo unipolar. Apenas tiene una docena de años de vida y el siglo XXI ya es multipolar. Con un Estados Unidos que empieza a aceptar sus limitaciones y una Unión Europea en desbandada, el centro de gravedad planetaria se desplaza a Asia y surgen sorpresas en América Latina, Oriente Próximo y hasta África.

Así que estamos en pleno desorden mundial, y lo que puede predecirse razonablemente para los próximos tiempos se asemeja más bien a una nueva Edad Media, a una especie de Guerra de Tronos con múltiples reinos, señoríos y ciudades de fuerzas más o menos semejantes, compitiendo implacablemente unos con otros sin que ninguno pueda imponerse con rotundidad.

La última foto triunfalista fue la de la cumbre del G-8 celebrada en Alemania en junio de 2007, cuando los poderosos de entonces se reunieron para prometer ayuda paternalista a la pobre África. Aquel fue el retrato de despedida de la breve época nacida con la caída del muro de Berlín. En el otoño de 2008 se desencadenaba una brutal crisis financiera mundial, y, con ella, se aceleraba una tendencia que ya estaba ahí: el declive de Occidente y el ascenso del resto del mundo.

Ahora las reuniones del G-8 han dado paso a las de un grupo llamado G-20, donde los occidentales ya no pueden dar lecciones a los demás, y donde chinos, brasileños, indios o sudafricanos abroncan a Estados Unidos por su deuda descomunal, a Europa por su nulidad para cerrar la crisis del euro y a ambos por sus barreras proteccionistas.

Con los imperios español, portugués, francés y británico, y luego con el estadounidense, Occidente ha dominado el mundo durante cinco siglos. Pero el sol de la Historia no se detiene: la hegemonía ya ha recorrido su camino por el Oeste y vuelve a alzarse en el Este.

Los chinos invierten en África y América Latina y prestan dinero a los estadounidenses y europeos. Los mayores rascacielos están en los emiratos árabes del golfo, y la mayor industria cinematográfica, en India. Las informaciones y opiniones de las cadenas televisivas Al Yazira (árabe), NDTV (india) y CCTV (china) llegan a más gente que las norteamericanas CNN y Fox y la británica BBC. La cultura pop japonesa es casi tan pujante como la estadounidense...

 


 

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