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  • Edición impresa de Septiembre 8, 2016.

Afecto eterno

Es un lugar común afirmar que las grandes figuras --del arte, de la política, la ciencia o del deporte-- jamás mueren, pues su legado y su memoria continúan entre nosotros como referente o fuente de inspiración. En pocos casos aplica ese adagio mejor que en el lamentable fallecimiento de Alberto Aguilera Valádez, conocido universalmente como Juan Gabriel.

Autor de más de 1,800 canciones, algunas tan memorables como “Amor eterno”, “Hasta que te conocí” y “Siempre en mi mente”, el llamado Divo de Juárez se convirtió a fuerza de talento en un ídolo en el mejor sentido de la palabra, un personaje público capaz de capturar la esencia del espíritu y sufrimiento humanos, para trascender barreras geográficas y generacionales.

Sus más de 100 millones de discos vendidos y su incomparable capacidad de convocatoria como artista moderno son un testamento al hecho de que su talento, dedicación y entrega total, eran plenamente correspondidos por un público que, entendiblemente, siente su pérdida como la de un familiar cercano y entrañable.

Menos de 48 horas antes de su deceso, Juan Gabriel había celebrado en Los Ángeles lo que se convertiría en su último concierto. Murió --dijo una de sus amigas más cercanas—como él deseaba hacerlo: sin dramas y cerca del público que por décadas lo arropó como una de las figuras más legendarias de la música popular en español.

Nacido en una cuna humilde en el pueblo de Parácuaro, en el bello estado mexicano de Michoacán hace 66 años, su historia personal de superación es un modelo que inspiró a artistas en ascenso. El menor de 10 hijos, el niño Alberto fue llevado por su familia a Ciudad Juárez luego de que su padre fuera internado en un hospital psiquiátrico.

A los 8 años fue inscripto en un orfanato, pero su espíritu libre lo llevó a escapar a los 13 años. Su camino por la música estaba trazado. Cantó primero en un coro local y apareció en un programa televisivo. A los 16 años debutó en un centro nocturno que después inmortalizaría con su canción “El Noa Noa”.

Durante uno de sus viajes en busca de fortuna a la ciudad de México, Alberto fue acusado de robo y permaneció detenido más de un año en el tristemente célebre Palacio de Lecumberri, donde conoció a Enriqueta Jiménez “La Prieta Linda”, quien lo ayudó a entrar al mundo del espectáculo cuando salió de prisión.

Fueron esas vivencias y sacrificios los que nutrieron su sensibilidad y lo conectaron a un público que lo prodigó de elogios y expresiones de afecto a lo largo de cinco décadas de carrera. Su música fue reconocida con innumerables premios, incluidos 2 Billboard latinos y fue homenajeado en vida como uno de los 30 artistas latinos más memorables de todos los tiempos.

A las 11:40 de la mañana del domingo 28 de agosto, el corazón de Juan Gabriel dejó de latir. Pero sus palpitaciones aún resuenan dentro de todos aquellos que tuvimos el privilegio de compartir su arte y su profunda conexión con el espíritu humano. Descansa en paz.

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