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"El Faro": Una Voz Dominante Por Humberto H. Hernández Mientras esperaba en el interior de mi auto apagado, con las ventanas abiertas, quedé admirado de tantos sonidos que me rodeaban a la vez en ese estacionamiento aislado. Quise contarlos uno por uno, y descubrí que, como en casi cualquier ambiente, eran más de los que estaba consciente. Noté que en ese mimo momento, como a 100 metros varias personas hablaban y reían en voz alta; un avión pequeño volaba alto y lejos, pero solo poniéndole atención, los escuché un tanto quedo. Algunos pájaros trinaban desde diferentes árboles. Las chicharras, muchas a la vez, zumbaban ininterrumpidamente, sin que pudiera identificar la ubicación de ninguna de ellas. Repentinamente un tren silbó. No había notado el avasallador ruido de su máquina que iba rompiendo el silencio conforme se acercaba. En cosa de dos minutos el ruido del tren dominó al ambiente. Pareció como que los hombres no hablaron más, los pájaros no trinaron, el avión no volaba ni las chicharras zumbaban. El dominio del ruido del tren duró unos 15 segundos. Después, empezaron a oírse, otra vez, algunos de los ruidos anteriores que ahora tenían como fondo el traca-taca de los vagones que pasaban por las uniones de los rieles. Obviamente, para entonces, el avión ya se había alejado demasiado llevando su estruendo a otro lado. El cuadro en general pinta lo que ocurre en nuestra vida todos los días. Prestamos atención a la voz de nuestra conciencia, a las opiniones del compañero o compañera de trabajo. Oímos la promoción de los muchos productos comerciales. Oímos las notas periodísticas del día. Escuchamos el llamado seductor de la diversión, el ocio y la inmoralidad. Muchas voces y ruidos nos rodean. Me pregunto: ¿Por qué no dejamos que por un momento siquiera domine nuestro ambiente la estruendosa voz de Dios que nos habla de amor, justicia, verdad, consuelo y todos los valores eternos? Nuestro ser, nuestra senda diaria de la vida necesita que la voz poderosa de Dios acalle siquiera por un momento todo ruido distractor y engañoso. Un pasaje en la Biblia dice: Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. También dice, por ejemplo, Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero yo os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. La voz de Dios está por todas partes. Es asunto de escucharla. Esa voz emana, sobre todo, de la Biblia, Su Palabra, la cual se proclama en algunos sitios y sobre la cual se conversa entre los verdaderos cristianos. Es bueno dejar que la voz de Dios retumbe en nuestro corazón y conciencia y que acalle toda otra voz. Necesitamos dejar que esa voz domine nuestros pensamientos, nuestra atención y nuestro ambiente. Manos A La Obra Por: Humberto H. Hernandez Tel. (574) 522-8727 | ||