Escuchar el grito de los marginados

Por: José Carlos García Fajardo • Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)

Ser persona es la capacidad de darse a los demás y saberse parte de la creación entera. El tránsito del ser humano a persona es esa actitud radical para crear espacios de encuentro y ambientes de solidaridad, fruto de una convivencia; conscientes de que la comunión es la más alta expresión de la naturaleza humana, porque se apoyan en una voluntad de asumir la realidad más auténtica. Nada más lejos de la uniformidad y del individualismo, que se apoya en un egoísmo miope lastrado por confundir los medios con los fines, al instrumentalizar todo en aras de la utilidad como único criterio válido para conseguir un triunfo que poco tiene que ver con el éxito, en su sentido de salir de sí mismo al encuentro de los demás para caminar juntos.

La felicidad personal tiene que ver con la perfección de la humanidad entera, con la maduración de cuanto existe y con aquella actitud ante la vida de una pobreza noble que nos anima a "vivir con modestia y pensar con grandeza".

Los poderes de turno en la universidad, en la economía y en la política nos bombardean con teorías, con modelos y nos imponen doctrinas que amenazan con ahogar la libertad de elegir, de ser y de compartir. No nos permiten siquiera el derecho a equivocarnos. Hay gentes que pretenden saber y conocer todo, para organizarlo todo. Afortunadamente, cada día somos más quienes apostamos por la solidaridad: compartir la suerte de los demás en la convicción de que, al final, debe ser cierto que los hombres participamos en un proyecto común. Es preciso salvar esta tierra sobre la que vivimos y con la que respiramos en una aventura cósmica, como sugería el jefe Seattle.

Comunidad no es uniformidad, así como tampoco universalidad es sincretismo, sino el diálogo creador dentro de un sano pluralismo. La unidad en una proyección de futuro nos lleva a hacer nuestras las necesidades ajenas y juntar esfuerzos para luchar por la humana condición que exige la dignidad como garantía de una libertad auténtica. No libertad para morirse de hambre. No se puede considerar a los demás como contrincantes o como enemigos. Los otros son la expresión más cierta de mi personalidad como hombre. Ser para los demás nos devuelve el rostro originario y nos encamina hacia la identidad perdida. Así sintonizaríamos con esos millones de personas que padecen hambre, miseria, dolor,