Con la usura por bandera

El endeudamiento de los países pobres en beneficio de los ricos, lejos de reducirse, aumenta cada día. El capital global, en manos tan sólo de unos pocos privilegiados, promueve préstamos onerosos a la población más desfavorecida. Esta práctica contribuye a acelerar la deuda de estos países a la vez que precipita la inestabilidad de un sistema económico que sólo puede derivar en el caos.

La usura es una práctica en contra de la economía de la naturaleza, la economía sostenible y lógica. En ese instante el “imperio de las finanzas” toma impulso para lanzar el sistema capitalista global que hoy domina el mundo. No es otra cosa que la alineación de unos pocos países como deudores y el resto como acreedores.

La esencia de la usura es obtener algo por nada. Ello no puede contribuir a otra cosa que no sea la desigualdad y la dispersión. La Iglesia Cristiana condena esta práctica por considerar que el ingreso obtenido no se obtiene de forma legítima. La usura, en este sentido, sería lo que marca la distinción entre el dinero como mecanismo abstracto para negociar oferta y demanda, y el dinero como fin en sí mismo.

La usura provoca que los endeudados, vivan para el pago del interés y no para el disfrute del bien por el que solicitaron el préstamo. Es dudoso que sea posible disfrutar de un bien si sólo puedes pensar en cómo pagarlo. Quienes solicitan un préstamo pierden mucho más pagando el préstamo que disfrutando el bien adquirido; y esta pérdida es mayor que la ganancia de los prestamistas. La usura no aumenta la utilidad, y además es injusta.

Lo más grave de esta práctica es que hipoteca el futuro. Porque la usura cae en la práctica de descontar valores futuros. Tiende a privilegiar un capital específico en el momento actual respecto a la misma cantidad en el futuro. Esta situación podría conllevar la extinción “económicamente racional” de las especies, puesto que se valora más la tasa de interés del momento que la tasa de reproducción de las especies explotadas.

Se tiende a maximizar la utilidad para disfrute de las generaciones presentes a riesgo de hipotecar el futuro de las especies. Por supuesto, desde el punto de vista económico, ya que la economía opera sobre interés compuesto. Pero la naturaleza opera con interés simple, por lo que sale perjudicada, al ser menos rentable.

La usura provoca cada vez mayor desigualdad, pues los recursos están en manos de muy pocos, siendo la mayoría de la población los que han de hipotecar su futuro para poder sobrevivir. Este modelo económico, fuente de toda especulación financiera, es uno de los grandes problemas del capitalismo y, de no ser atajado, es seguro que conducirá a un crack financiero tras otro. El problema es, en definitiva, que no se trata de un modelo sostenible.