No somos lo que tenemos

Por:Carlos Mígueles

El consumismo vertiginoso de la sociedad actual nos está aislando. La frustración asola a gente con buenas familias, amigos, buena salud y todas sus necesidades básicas, además de infinidad de cosas que no necesita. Este consumismo no es sino una muestra de insatisfacción e infelicidad.

Pocas veces se cuestiona la raíz de nuestro malestar. La sociedad corre tan rápido que nos deja poco tiempo para plantearnos alternativas y para darnos cuenta de que somos seres afortunados y que, con tanta miseria a nuestro alrededor, podríamos salir de nuestro autismo y arrimar el hombro a los más necesitados. El individualismo egoísta nos empuja hacia el consumo y nos aleja de las personas.

Decir que lo material no asegura una vida plena no denota cursilería ni un idealismo absurdo. Vemos a gente vivir sin sentido en medio de sociedades que viven en la abundancia. Llamamos “problemas” a muchos monstruos que creamos con la colaboración de una publicidad engañosa y la presión de una sociedad salvajemente competitiva. El modelo consumista de hoy nos impide ser nosotros mismos y buscar nuestra felicidad.

Este modelo está diseñado para que todos tengamos la misma apariencia, que pensemos igual, que tengamos las mismas necesidades materiales y siempre que sintamos que no tenemos suficiente. Esta homogeneidad nauseabunda nos recuerda la obsesión soviética por la uniformidad. La diferencia es que, en nuestra sociedad occidental, democrática y capitalista, somos lo que tenemos.

Nos bombardean con anuncios publicitarios de comida basura hasta que creemos que tenemos hambre. Después comemos esa insulsa comida acompañada de una Coca Cola extra grande, toda una carga de carbohidratos que nos drena la energía y nos llena de grasa. Nos inmoviliza.

Después de este abuso llega la culpa y el malestar. Nos bombardean con imágenes de modelos que tienen cuerpos y caras sin imperfección alguna. Ignoramos que los expertos en imagen pueden hacer maravillas, que la tecnología audiovisual hace desaparecer cualquier imperfección. El mensaje queda claro: tenemos que vernos así. Nos observamos en el espejo y vemos que queda un largo recorrido. Es preciso ahora comprar una serie de productos para bajar de peso, desde inútiles aparatos de abdominales hasta productos “naturales” para quemar grasa, medicamentos cuyos efectos secundarios desconocemos. O ir al médico e incluso conseguir los medios para pagar una liposucción.

Esta constante presión provoca anorexia, bulimia, obesidad y lleva a las personas a la locura. ¿A dónde nos están arrastrando? ¿Quién se beneficia? La industria farmacéutica tiene una fuente inagotable de dinero con tanta obesidad y desórdenes alimenticios. Los doctores tienen asegurados miles de pacientes. McDonald’s seguirá haciendo “sonreír” a millones de seres durante lustros si todo continúa como hasta ahora.

El modelo consumista beneficia a los gigantes multinacionales, cuya riqueza supera el PIB de muchos países y, por tanto, amenaza la soberanía de los pueblos. Logran sus objetivos a costa nuestra y, aunque parece que somos indiferentes, en realidad no nos damos cuenta por la velocidad de la vida “moderna”. La abundancia de productos en el mercado nos abruma y nos deja desprotegidos, con la sensación de que nunca tendremos suficientes cosas si no seguimos consumiendo.

El PNUD ya nos anunciaba en 1998 los niveles de consumo de nuestras sociedades: cada año, se gastan en EU cerca de 8,000 millones de dólares en cosméticos; en Europa, 11,000 millones en helados, 50,000 millones en cigarrillos, 105,000 millones en bebidas alcohólicas y 400,000 millones en narcóticos; en Europa y Estados Unidos, 12,000 millones en perfumes y 17,000 millones en comida para mascotas. PNUD calculó que se necesitaban 40,000 millones de dólares anuales durante diez años para cubrir las necesidades básicas de todos los seres humanos. Si elegimos seguir una vida de consumismo ciego en una burbuja rosa, al menos reconozcamos que no nos costaría nada ayudar a otros seres humanos a cubrir sus necesidades básicas. Es posible y es necesario.