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  • Edición impresa de Octubre 20, 2009.

A través del túnel del tiempo

colu102009f4 Por David Rodríguez Seoane

Nada se olvida. Todo, los buenos recuerdos y aquello que es preciso borrar, permanece para siempre incrustado en la memoria. Éstas son las consecuencias de un cruel trastorno conocido como hipermnesia. Afecta, según los estudiosos, a sólo tres o cuatro personas en el mundo. Sin embargo, millones de usuarios de las redes sociales están expuestos a diario a recibir una inocente caricia del pasado cargada de nostalgia o un certero puñetazo capaz de abrir heridas que parecían cicatrizadas. El pasado, de nuevo, se hace presente.

Redes tan extendidas como Facebook o Twitter sirven de punto de encuentro y de reencuentro para muchísimas personas que recurren a estas herramientas virtuales para comunicarse y divertirse. Entretenerse, buscar viejos amigos o conocidos o satisfacer la curiosidad sobre la vida privada  de los demás: cualquier motivo parece bueno para crear un perfil de uno mismo y comenzar a compartir datos, fotos, experiencias y cualquier información que pueda tener interés o no.

La nota negativa que se destila de estas gigantescas estructuras de conexión interpersonal está, aunque suene extraño, en la infinita memoria que brinda Internet. Millones y millones de datos personales se almacenan día tras día en un stock ilimitado. Un amplio catálogo de recuerdos que permanecen inalterables, sin barnices ni capas de pintura posteriores inventadas por el paso de los años. No existe la oportunidad del olvido.

La vida es siempre una evolución y, por qué no, también una contradicción constante. El individuo puede cambiar de manera de pensar, de chaqueta, de actuar y hasta de principios. Se trata, como afirma la creativa publicitaria y novelista Emma Riverola, “de un periplo interior que a veces compartimos con otras personas. Compañeros de aventuras que el azar de la travesía obliga a despedir en diferentes estaciones”. Ahora, las redes sociales han convertido el desarrollo personal en un “crucero de masas” gracias a la creación de una nueva necesidad vital, aquella que nos empuja  a ser visibles en todo momento y a compartir cada instante, por irrisorio que sea, con los demás. La guerra contra el anonimato ha sido declarada.

El pasado puede acabar por convertirse en un pesado lastre que dificulta el camino hacia el futuro. Y todo por el terror que produce la soledad. Miedo que “el fenómeno Facebook” combate con un remedio casero: el reconocimiento de los demás. No sólo eso. También el reconocimiento propio como parte de un engranaje mayor en el que cada pieza requiere sentirse imprescindible.  

En una canción, Joaquín Sabina habla de la existencia de “más de cien pupilas en las que vernos vivos”. Ésa es la verdadera función que han adquirido las pantallas de las computadoras a las que millones de usuarios de todo el mundo se asoman durante horas y horas. Pupilas con la capacidad de mostrar al otro y de reflejar como un espejo la identidad de uno mismo. Pupilas, las de los otros, en las que vernos vivos.

Como dijo Gabriel García Márquez, “la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”. Después de todo, ese artificio hoy no es más que un viejo coronel retirado de las guerras de Macondo que ha perdido sus galones por la hipermnesia crónica que aqueja a las redes sociales.

 

 


 

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