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  • Edición impresa de Octubre 5, 2010

El oro sucio

El desastre del golfo de México es noticia porque ha afectado las costas de un país rico y poderoso. En cambio, en muchos países empobrecidos ocurren casos de contaminación parecidos desde hace decenios sin que merezcan la atención de los medios de difusión.

El caso seguramente más extremo es el de Nigeria, que proporciona a Estados Unidos el 40% del crudo que importa. Desde 1958, fecha en que Shell empezó la explotación del subsuelo del delta del río Níger, la contaminación de suelo, vegetación y agua no ha cesado.

La contaminación de los campos de petróleo del país deja a cientos de miles de personas en la miseria. En 1995, bajo el Gobierno corrupto del dictador Sani Abacha, fueron ejecutados nueve miembros del Movimiento para la Supervivencia del Pueblo Ogoni, entre ellos el escritor y candidato al Premio Goldman (el Nobel de la ecología) Ken Saro-Wiwa. La masiva protesta pacífica del pueblo ogoni contra la Shell fue reprimida por el ejército nigeriano con un resultado de más de mil personas muertas.

Se estima que en el último medio siglo se derramaron en Nigeria hasta 1,5 millones de toneladas de crudo, unas 30 o 40 veces el petróleo derramado en el golfo de México tras el primer mes del accidente. Los derrames tienen muchas causas. Los oleoductos y los depósitos están a menudo oxidados porque son viejos y no se reponen. Hay estaciones de bombeo semi abandonadas. Se estima que cada año hay más de 300 derrames mayores o menores. Todo el medioambiente está devastado.

Algo parecido puede decirse de lo que ocurre y ha ocurrido desde hace tiempo en Bolivia, Ecuador y en otros muchos países víctimas de la maldición de ese “oro negro” que mejor sería llamar oro sucio. Las compañías petroleras llegan, se llevan la riqueza y dejan la desolación. Así alimentamos los vientres insaciables de nuestros vehículos.

El consumo masivo de combustibles fósiles (el 80% de la energía mundial procede de fuentes fósiles) tiene unos costes que no se toman en consideración. Otro coste “invisible” es el transporte. Carbón, gas y petróleo circulan por la superficie del planeta representando el 42% en tonelaje de todas las mercancías mundiales (aunque sólo el 7% de su valor monetario). Un volumen tan descomunal de combustibles moviéndose por tuberías, trenes, camiones o buques supone un riesgo de derrames en tierras y aguas y de escapes de gas a la atmósfera.

Por último, el petróleo y el gas son causa de conflictos diplomáticos y bélicos. La guerra de Irak y sus secuelas están ahí para mostrarlo.

A medida que el petróleo escasee más, es probable que aumenten los accidentes y los derrames. La industria se esforzará por extraer petróleo de lugares cada vez más remotos y difíciles. Los costos de extracción aumentarán, y se tenderá a ahorrar en seguridad, en transporte y en almacenamiento.

Las fuentes fósiles de energía son finitas, y habrá que sustituirlas por otras, posible limpias y renovables. ¿Por qué no acelerar el cambio de modelo energético, sobre todo teniendo en cuenta los innumerables inconvenientes de las fósiles? ¿Por qué no dedicar más recursos económicos a las energías renovables en lugar de poner parches en oleoductos y petroleros? Ojalá la visibilidad del desastre del Caribe sirva para entrar en razón.

 


 

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