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  • Edición impresa de Octubre 15, 2013

Comida industrial: enfermando a la gente y al planeta

Por Silvia Ribeiro • Adital

Las cinco enfermedades más comunes en México están ligadas a la producción y consumo de alimentos provenientes de la cadena agroalimentaria industrial: diabetes, hipertensión, obesidad, cáncer y enfermedades cardiovasculares. Esto se traduce en mala calidad de vida y en altos gastos del presupuesto de salud pública.

El sistema alimentario agroindustrial solamente alimenta al 30 por ciento de la población mundial, pero sus graves impactos en salud, cambio climático, uso de energía, combustibles fósiles, agua y contaminación son globales.

En contraste, la diversidad de sistemas alimentarios campesinos y de pequeña escala son los que alimentan al 70 por ciento de la población.

En términos de producción por hectárea, un cultivo híbrido produce más que una variedad campesina, pero para ello requiere la siembra en monocultivo, en extensos terrenos planos e irrigados, con gran cantidad de fertilizantes y alto uso de agrotóxicos (plaguicidas, herbicidas, funguicidas). Todo ello disminuye la cantidad de nutrientes que contienen los alimentos por kilogramo. Los cultivos campesinos se realizan mayoritariamente en terrenos desiguales, en laderas y tierras pedregosas, sin riego. Si comparamos aisladamente la producción de un cultivo campesino con el mismo híbrido industrial, la producción por hectárea es menor. Sin embargo, los campesinos siembran, por necesidad y conocimiento, una diversidad de cultivos simultáneamente. Como usan poco o nada de agrotóxicos, crecen a su alrededor una variedad de hierbas comestibles y medicinales. Siempre que pueden, los campesinos combinan también con algún animal doméstico o peces. Todo sumado, el volumen de producción por hectárea de las parcelas rurales es mayor que el de los monocultivos industriales, además de que resisten mucho mejor los cambios del clima y su calidad y valor nutritivo son más superiores.

De lo cosechado en la agricultura industrial, más de la mitad va para forrajes de ganado en cría a gran escala y confinada (cerdos, pollos, vacas). Virtualmente toda la soya y maíz transgénico que se produce en el mundo no se destina a alimentación humana sino a forrajes para cría animal industrial, dominada también por trasnacionales.

Adicionalmente, en la cadena industrial se desperdicia del 33 al 40 por ciento de los alimentos durante la producción, transporte, procesamiento y en hogares. Otro 25 por ciento se pierde en sobreconsumo, produciendo obesidad, entre otras cosas por la adicción que provoca la cantidad de sal, azúcar y químicos agregados.

Ante el desperdicio y la gravedad de los problemas de salud y ambientales que ocasiona la cadena industrial de alimentos, urge replantearse políticas que la desalienten y estimulen en su lugar la producción diversificada, sin químicos, con semillas propias y en pequeña escala, que además es la base de trabajo y sustento de más del 80 por ciento de los agricultores del país.

En el extremo opuesto está la producción industrial con transgénicos, que exacerba todos los problemas mencionados y, además, al permanecer en manos de cinco trasnacionales, es una entrega de soberanía nacional.

Por si estos datos no fueran suficientes, la contaminación que ocasiona el sistema alimentario agroindustrial es una de las causas principales del cambio climático.

 


 

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