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  • Edición impresa de Octubre 15, 2013

Una sociedad para todos

La esperanza de vida mundial en 1950 no superaba los cincuenta años. Hoy, un recién nacido vivirá hasta los setenta. Aunque la esperanza de vida de ese niño dependerá de la zona del mundo donde le toque nacer: mientras que en África supera por poco los cincuenta años, en Europa o América del Norte llega a los 75. Las desigualdades son profundas, pero las agencias internacionales alertan que tanto en el Norte como en el Sur, la población está envejeciendo a pasos agigantados.

En el mundo, más de  seiscientos millones de personas superan ya los 65 años y Naciones Unidas prevé que en el año 2050 la cifra se acercará a los dos mil millones de personas de más de 65 años, un 21% de la población. Este es uno de los desafíos más importantes en este siglo XXI. El envejecimiento acelerado de la población mundial traerá problemas en las arcas de los Estados, que tendrán que invertir más en sanidad y en recursos específicos para los ancianos. 

El envejecimiento afecta a toda la sociedad, que debe esforzarse en impulsar la integración activa de estas personas, ya que los mayores muchas veces suelen ser discriminados. 

El culto a la imagen y al cuerpo ha provocado que la percepción de la ancianidad sea especialmente negativa.

Los mayores son relegados al último puesto en las familias y, en algunos casos, incluso maltratados.

El nuevo papel de la mujer en la sociedad y las formas de vida modernas han transformado la situación. Las mujeres han sido desde siempre las protagonistas del cuidado de la familia. Hoy, esta actividad se hace incompatible con las largas jornadas laborales que tienen que cumplir. Así, los mayores dejan de ser atendidos por sus hijos y nietos y pasan a manos más o menos profesionales: enfermeras privadas, residencias geriátricas o el servicio doméstico. 

Además de los problemas de salud que acarrea el envejecimiento, el problema más importante de nuestros ancianos es la soledad.

Las poblaciones en países emergentes y en los empobrecidos también han envejecido a gran velocidad. La transformación que en las sociedades más ricas ha llevado hasta cien años, en los otros, se va a producir en 25 años.

Quizás sean ellos los que tengan que exportar un nuevo modelo de sociedad donde todos tengan un hueco y la exclusión por cuestiones de edad no exista. Para ello, hay que promover el diálogo intergeneracional y recuperar el papel del anciano, como voz del conocimiento y la experiencia. 

En los llamados países “subdesarrollados” la figura del anciano aún mantiene las connotaciones clásicas. Es una persona respetada dentro del grupo, a la que se escucha y se pide consejo. En este sentido, mucho nos queda aún por aprender.

 

 


 

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