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  • Edición impresa de Octubre 21, 2014

¿Una pandemia más mortífera que el ébola?

En los últimos meses hemos visto crecer la preocupación en torno al brote epidémico de ébola en varios países africanos. La alarma internacional fue enorme y la información facilitada por los medios ha ido creciendo en intensidad al mismo ritmo que crecía el número de personas afectadas y fallecidas como consecuencia de esta enfermedad.

Las organizaciones humanitarias que se desplazaron a colaborar en el terreno con los servicios locales de salud para intentar dar la mejor respuesta posible a esta gravísima situación transmiten una enorme preocupación ante el terrible peligro que hay que afrontar y la gran escasez de medios con que hay que trabajar.

El ébola no es nuevo, es ya un viejo conocido. Pero este brote nos está zarandeando con mucha intensidad. La OMS habla ya de unos tres mil muertos y varios miles de afectados, pero sin duda deben ser más, pues no es fácil tener buenas estadísticas en muchos de estos países.

En un mundo cada vez más global e interconectado, encontrarnos de golpe con una enfermedad de altísima mortalidad, muy contagiosa, para la que sólo se han desarrollado tratamientos en fase experimental, genera en nosotros un gran temor.

Este brote epidémico nos está enseñando algunas lecciones muy importantes:

- Cada día más, la salud es global. Incluso por egoísmo, no podemos desentendernos de la salud de nuestros hermanos de otros países. El mundo es ahora más pequeño y las enfermedades viajan más rápido

- Deberíamos estar atentos y dispuestos a cooperar para dar respuestas adecuadas a los problemas de salud no desde el momento de uno de estos brotes sino desde mucho antes, apoyando la investigación y la prevención.

-Uno de los ingredientes más mortíferos de una epidemia de este tipo es la pobreza. La falta de condiciones higiénicas, el mal abastecimiento de agua potable y de saneamiento, la mala alimentación, las condiciones de las infraviviendas: todo ello, junto a sistemas sanitarios débiles y faltos de recursos, hace aumentar exponencialmente las posibilidades de propagación y dificulta la capacidad de frenar la enfermedad. Luchar de forma constante contra la pobreza y el hambre es una buena “vacuna” para estas situaciones.

Ojalá que el ébola no se nos olvide. Ojalá que sepamos aprender las importantes lecciones que nos está enseñando y reforcemos nuestro compromiso de cooperación por la salud y contra la miseria.

Pero tampoco olvidemos que tenemos entre manos una pandemia mucho más mortífera que el ébola, el sida y la malaria juntos. Una pandemia que es responsable de varios miles de muertes diarias. Sí, diarias. Una pandemia que parece que nos preocupa menos, quizás porque no es contagiosa: el hambre.

En estos días se ha hecho público el informe anual de la FAO que actualiza las cifras del hambre en el mundo. Hemos avanzado algo, pero sigue habiendo más de 800 millones de personas hambrientas en el globo, aunque se producen suficientes alimentos para una población incluso mayor que la actual.

A pesar de los compromisos reiterados de lucha contra el hambre que se vienen haciendo en la comunidad internacional en los últimos 40 años, los avances son muy pobres. El impacto de esta pandemia es brutal e inhumano, pero no reaccionamos. ¿Hay alguna esperanza? Sí, la hay. Para eso recordemos que el pasado 16 de octubre fue el Día Mundial de la Alimentación.

 


 

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