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  • Edición impresa de Octubre 21, 2014

El oro blanco que Bolivia no explota

La eternidad se extiende a lo largo de 10,000 kilómetros cuadrados de desierto blanco. El salar de Uyuni, a los pies del volcán Tunapa, en el altiplano boliviano, luce un tesoro a la vista de todos los turistas que acuden en masa a contemplar un paraje de ciencia ficción. La estampa blanca que rodea al espectador supone la mayor reserva de litio del mundo: 10 millones de toneladas. Oro blanco al que el Gobierno no logra sacar aún partido.

En octubre de 2010 el presidente Evo Morales anunció que Bolivia industrializaría con sus propios medios el litio. El proceso, a diferencia de lo que ocurre en los dos salares más importantes de la región —Atacama (Chile) y Hombre Muerto (Argentina)— no estará explotado por empresas extranjeras. Será gestionado y financiado en su integridad por el Estado. Para ello, cuenta con un crédito del Banco Central de 885 millones de dólares (698 millones de euros).

La nacionalización de los hidrocarburos fue la medida más polémica que tomó Evo Morales al poco tiempo de acceder al Gobierno, y fue muy criticada en el exterior. En Bolivia, sin embargo, esta decisión es apoyada casi por unanimidad. Ningún candidato sugiere dar un paso atrás ya que el crecimiento de la economía, que posibilitó una disminución de la extrema pobreza y la incorporación a la clase media de un 20% de la población, se debe principalmente al alto precio del gas, junto al de las materias primas.

No obstante, esos altos precios pueden sufrir caídas. Durante toda la reciente campaña presidencial, Morales se concentró en recalcar la intención de situar a Bolivia como centro energético de la región en los próximos cinco años. En el caso del litio, el Gobierno mira fijamente al mercado asiático. Producir material para baterías de móvil y la incógnita de los coches eléctricos, un mercado estancado, son los principales objetivos. Además, en colaboración con el Gobierno peruano, pretende instalar sistemas para dar energía eléctrica a comunidades dispersas.

La gran incógnita que subyace es si Bolivia está capacitada para afrontar la industrialización sola. “El Gobierno ha hecho mucho ruido, pero no ha pasado de la retórica grandilocuente. No hay un plan serio. No hay una industria de los recursos naturales. Eso es un sueño para los bolivianos”, opina el economista Henry Oporto.

“Mientras no haya una política de atracción seria de capital extranjero va a ser complicado. El Estado, que se cree el gran protagonista, carece de capacidad financiera, no está preparado para llevar por sí mismo la industrialización”, continúa en ese sentido el economista. Por su parte, su colega Roberto Laserna considera que “lo que hay que hacer son acuerdos estratégicos con países y empresas que sean punta de lanza y permitan vender los recursos a cambio de tecnología. No sólo poner condiciones”.

Ambos mantienen que crear la tecnología propia llevaría mucho tiempo y que, pese a la versión oficial, faltan ingenieros y científicos.

El gerente nacional de Recursos Evaporíticos de la Corporación Minera de Bolivia, Luis Alberto Echazú, niega esto último y sostiene que el Gobierno de Evo Morales inició la formación de cientos de profesionales con becas de universidades extranjeras. Además, advierte que hasta 2020 el mercado de baterías para coches eléctricos no despuntará, y cree que para entonces el país habrá ya cumplido el proceso de industrialización.

 


 

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