Al escuchar las noticias diarias con en marcado énfasis en las amenazas, he recordado una vieja historia.

Hace muchos años habitó un ermitaño quien vivía en la cima de una montaña. Allí él se dedicaba a la paz y la meditación. Un día, la muerte vino a visitarlo y le dijo: “ Muchos has tratado de estar en paz con todos, mereces saber que voy a ir a tu ciudad en esta noche y me llevaré diez mil personas conmigo”.

El hombre solo miró a la muerte y continuó meditando.

Esa misma noche ocurrió un terible terremoto en la ciudad. Al día siguiente alguien de la ciudad vino a decirle que cien mil personas habían muerto a causa de la tragedia. Después que el visitante partió, el ermitaño llamó a la muerte.

La muerte apareció ante él, quien se quejó así: “ Dijiste que te llevarías diez mil almas anoche, pero la gente dice que más de cien mil han muerto. Me mentiste! A lo que la muerte replicó:” No mentí! Yo sólo tome diez mil, los otros murieron por su propio temor!

Vivimos para el futuro. Desde la niñez se nos enseña que debemos aprender para que el futuro sea mejor. Para que nuestros hijos estén preparados no les dejamos tener una niñez libre, sino que tiene que estar, “mejorada” para que su futuro sea mejor. Como tenemos que alistarnos para el futuro, creamos capitales y construimos fondos de retiro, no hay tiempo para los amigos.

Claro está que no hay tiempo para mirar estrellas y si escuchamos música debe ser mientras hacemos algo más para no perder el tiempo.

Al final nuestro cesto está vacío de sueños o satisfacción. Cuando la muerte llega, nos damos cuenta que solo tenemos temor. Nuestra vida se ha vaciado de todo lo que tiene valor. Si podemos vivir como si la muerte pudiera venir por nosotros esta noche, tal vez el miedo no nos llevaría primero.

Es solo un pensar.