Exclusión social: Más allá de la pobreza

Raquel Martín • ONG. Entreculturas

Desde los años 90 se reconoce que la pobreza es un fenómeno multidimensional que está asociado con procesos de exclusión. Es un enfoque sobre las dinámicas que frenan o impiden el desarrollo humano e influyen directamente en la marginación de personas y colectivos de toda participación social, no sólo económica también política, social y cultural.

La óptica de la exclusión-inclusión desvela la forma en que la sociedad configura reglas que contribuyen a la desigualdad. Esto nos obliga a enfrentarnos a la injusticia desde la responsabilidad que genera.

En el proceso intervienen factores diversos, unos generaran estructuras y políticas y otros educan y crean conciencia individual. Los factores estructurales hacen referencia al modo en que las sociedades organizan sus pactos sociales, políticos y económicos; cómo distribuyen sus ingresos, desarrollan políticas públicas, establecen relaciones con otros países, refuerzan valores, modelos de relación y concepciones culturales. Por otro lado, hay factores personales, relacionados con características de cada persona para resistir y adaptarse a cambios y dificultades.

La situación de marginación de grupos, personas y países tienen que ver con el cruce y la influencia de estos factores, con la trama estructural que la posibilita.

Existe exclusión cuando predominan modelos relacionales entre grupos y personas que legitiman el rechazo, la negación y la violencia. Cuando asistimos y participamos en esta realidad, considerándola normal o innata, sin plantearnos la posibilidad y sobre todo la necesidad de su transformación.

Un sistema incluyente deberá tener en cuenta la situación de vulnerabilidad de determinados segmentos de la población, las concepciones culturales, situaciones económicas, condiciones físicas, lugares de origen y procedencia... para que estos factores no sean motivo de segregación e invisibilidad social.

No hemos de buscar en el excluido la causa de su exclusión sino que se ha de mirar su entorno y ser capaces de proponer alternativas, provocar y participar en los cambios.

Las organizaciones sociales tenemos el deber de hacernos preguntas sobre los complejos procesos de injusticia y los nuevos rostros del dolor. Debemos desarrollar una estrategia de presencia con quien sufre y donde sufre. Hacernos sentir compañeros de viaje. Sólo si entramos en la trama de la injusticia podremos experimentar la complejidad del proceso, entender la rabia del que vive apartado, reacciones de violencia o impasibilidad desconcertantes.

Comprender las dificultades para una solución rápida frente a la injusticia significa entender un momento histórico de participación que conlleva una exigencia esperanzadora, la necesidad de abordar este cambio de manera universal, en conexión con poblaciones del Norte y del Sur. Así podemos trabajar junto a los más desfavorecidos en alternativas para la inclusión, en la promoción de campañas de información y denuncia, en modelos de comunicación nuevos o en la creación de redes de integración social.

Cada organización puede aportar su contribución específica al conjunto, enriquecer comunidades de solidaridad internacionales.

Las posibilidades de la educación son esenciales para generar este tipo de cambios. Una educación que haga frente a uno de los desafíos más importantes de la globalización, supone una educación capaz de generar en la ciudadanía actitudes conscientes de corresponsabilidad y la mentalidad de que cuando una sociedad actúa excluyendo personas, está perdiendo oportunidades como conjunto.