La inmigración, cuestión de seres humanos

Xavier Caño

La historia de la humanidad es un ir y venir de pueblos. En nuestros días, los países ricos son destino irrenunciable de los desheredados del Tercer Mundo. La vieja Europa recibe el embate incesante de marroquíes, argelinos, africanos subsaharianos, ecuatorianos, colombianos, rumanos, búlgaros, rusos, albaneses, turcos, indios, pakistanìes, chinos y una lista inacabable en un flujo que no cesa.

En la frontera sur de la próspera Unión Europea, las pequeñas barcas de madera o zodiac con motor fuera borda llegan a las playas andaluzas de España con inmigrantes del Magreb o del África negra. La prensa española informa de la interceptación de cien, doscientos, trescientos, quinientos inmigrantes irregulares que intentan llegar al Eldorado europeo en frágiles esquifes. En las últimas semanas, la marea y el oleaje han arrojado a las playas españolas treinta y seis cadáveres de inmigrantes que naufragaron.

La desesperación de la pobreza es la que obliga a magrebíes y subsaharianos a intentar el salto a Europa sin documentación; esperan semanas escondidos en las playas del desierto del Sahara hasta embarcar en vulnerables lanchas; luego, han de sortear las patrulleras de la Guardia Civil española. Cuando son descubiertos, el patrón apaga el motor para que el ruido no los delate y deja la frágil nave a la deriva. Cuando los golpes de mar vuelcan las pateras, muchos de sus apretados ocupantes se sumergen como piedras sin siquiera intentar mantenerse a flote y consuman así el desesperado intento de llegar al paraíso del Norte.

Los gobiernos europeos arremeten contra las mafias que trafican con seres humanos a las que hacen únicas responsables de lo que ocurre a los inmigrantes. Pero saben que no es cierto porque en el 2002 más de un millón doscientos mil magrebíes, africanos subsaharianos y latinoamericanos llegaron a España como turistas y sólo regresaron a sus países algo más de cien mil porque España es tierra de paso hacia el resto de la Unión Europea.

Prueba del sufrimiento de los inmigrantes es la aparición de una patología a la que un psiquiatra español ha denominado el “síndrome de Ulises”: estrés agudo que produce tristeza severa, ansiedad, desarreglos gastrointestinales, dolores de cabeza, perdidas de memoria e irritabilidad...

Ser inmigrante no es ninguna bicoca. Sin embargo, cientos de miles lo intentan cada año. No tienen más remedio, aunque les espere la muerte en las aguas del estrecho de Gibraltar, en el mar Adriático o en los desiertos de Nuevo México y Arizona.

Hagan lo que hagan los países del Norte desarrollado y rico frente al aluvión de la inmigración, han de saber que los que vienen no cejarán. Y el Norte tiene el deber moral e histórico de acogerlos, entre otras razones porque en décadas pasadas el Norte los esquilmó y hoy continua explotándolos de una forma u otra. Y eso sin citar que los inmigrantes rejuvenecen nuestras envejecidas poblaciones autóctonas. Son la garantía de que cobraremos nuestras pensiones de vejez y contribuyen el crecimiento económico.

Y si no encuentran otras razones, aparte de las expuestas, sencillamente, que piensen que son seres humanos.