Liderazgo en las pandillas

Por Nelsa Curbelo • Directora de SER-PAZ / ccs

El liderazgo se gana en las calles. Además de las características de rapidez mental, capacidad de adaptación y respuesta a los riesgos, líder es el que sabe dirigir asaltos o robos. Necesita ser valiente, respetado, furioso, tener voz de mando, armado, tatuado, inteligente, ser firme y antiguo en el barrio.

El crecimiento de la autoestima de los pandilleros, que se ven a sí mismos como "soldados", "combatientes" o "guerreros", trajo consigo sus propios códigos de ética, que tienden a aislarlos en lugar de integrarlos a la sociedad.

Los líderes (o "veteranos"), al tatuarse hasta el rostro, se hunden en su propia exclusión. Por eso se refugian en lo profundo del barrio y no salen, no emergen sino en circunstancias que controlan con gente de su confianza o intimidad. El resto de la sociedad sólo alcanza a verlos en los videos o fotografías periodísticas cuando se vuelven noticia. Normalmente no pasean su simbología por las calles o autobuses del transporte público. Para ellos, sus dos "barrios" son el mejor sitio donde pueden permanecer. Buscan un área para moverse con seguridad y confianza y en la que crear una estructura de la que poco se conoce.

La forma en cómo los pandilleros interpretan la violencia en la que están inmersos es distinta a la que se hace de la misma en el resto de la sociedad.

El trabajo, el salario, los bienes materiales que podrían atraer el consumismo de jóvenes de su edad, dejaron de ser atractivos para quienes se involucran en las pandillas. La indumentaria preferida respondió no al modelo del mercado, sino al de la organización.

Al comienzo de la niñez es cuando las culturas imprimen orientaciones claves: la confianza, seguridad y sensación de eficacia en el mundo social de cada uno.

La solidaridad entre ellos no es gratuita, significa una reafirmación de dependencia y una sumisión al líder.

Todos esos roles se entremezclan en un amasijo de confusión. Al acceder a formar parte de una pandilla o nación, lo personal se disuelve entre lo grupal, en lo socialmente aceptado. La contra cultura a la pandilla-nación también es violenta, con sus propios mecanismos de agresión, códigos e impunidades.

El punto de fraternidad o los vínculos que unen a los jóvenes bajo la nueva organización fue indescifrable para las generaciones precedentes. Los conceptos y parámetros de protección cambiaron radicalmente. El escudo protector formal no es ya la familia o los pequeños grupos, sino que se trata de una estructura mucho más poderosa, semi clandestina, con sus propios códigos y mecanismos de defensa. La vieja familia es reemplazada por una "nueva", en una transición favorecida por un deterioro sistemático de los lazos afectivos entre hijos y padres, secuela del debilitamiento de los vínculos entre los padres y todo el fenómeno de desintegración familiar que arrastra consigo.

En esa vía, la consolidación de una personalidad sin remordimientos es tan rápida como brutal, en un contexto marcado por un maniqueísmo extremo.

Los escasos programas de rehabilitación social y productiva que trabajan con ellos no son medidas complementarias a ningún acuerdo, sino que intentan por sí mismas ser una respuesta a la crisis.

La tendencia general promueve más la intolerancia, la respuesta fuerte, policial o autoritaria, que la de conciliación.