La enfermedad más letal

Por: Laura Blanco

Los factores sociales son determinantes en el desarrollo e impacto de las enfermedades. Las grandes diferencias existentes entre los pueblos y las clases sociales en el acceso a bienes y servicios básicos pueden hacer de una patología común una enfermedad letal. Este fenómeno no es nuevo, pero sí es cada vez más grave.

La mortalidad aún está íntimamente relacionada con la clase social, el sexo y el lugar de nacimiento. Un reciente estudio de la Fundació Jaume Bofill, en Cataluña,  ha analizado los datos sanitarios de los habitantes de esta región española en el último decenio. Al comparar historias clínicas similares de las enfermedades más graves, como el cáncer de pulmón y de mama y las cardiopatías, la tendencia es la misma. Las personas con pocos recursos y formación, en especial las mujeres y los inmigrantes, viven una media de cuatro años menos que la población con mayor bienestar.

Las peores condiciones laborales, el mayor consumo de drogas y la escasa práctica de ejercicio físico, factores que coinciden en los grupos sociales más pobres, son los principales causantes de las muertes prematuras. “Esas muertes, potencialmente evitables, son consecuencia de desigualdades sociales”, concluye Josep María Jansá, de la Agencia de Salud Pública de la región.

La pobreza viene rodeada de una situación de desigualdad en la que el acceso a los recursos sanitarios es más difícil o incluso imposible. Una de cada seis personas sobrevive con menos de un dólar al día. Ingresos que a duras penas alcanzan para alimentarse, y mucho menos para cubrir necesidades como el agua potable, la electricidad o la atención sanitaria.

En las zonas rurales de los países en vías de desarrollo, donde las inversiones sociales son más caras y menos rentables políticamente para los gobiernos, la atención sanitaria básica es mínima. Son más de 880 millones las personas que no tienen acceso a servicios sanitarios, y 2,000 millones de seres carecen de acceso a medicamentos esenciales. La falta de salud y la pobreza forman un círculo vicioso que se retroalimenta mutuamente. El sida, en África, cercena vidas y contribuye a la extensión de la pobreza. La pobreza, a su vez, es la culpable de la extensión del sida.

En su último informe sobre el avance de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, la ONU denuncia que la mitad de las muertes de los niños menores de 5 años se deben tan sólo a cinco enfermedades: neumonía, diarrea, paludismo, sarampión y SIDA. “La mayoría de estas vidas ­señala el informe­ podrían salvarse intensificando medidas de prevención y tratamiento de bajo costo, tales como la promoción de la lactancia materna exclusiva de los bebés, el uso de antibióticos para combatir las infecciones respiratorias agudas, la rehidratación oral contra la diarrea, la inmunización y el uso de mosquiteros impregnados de insecticida y la administración de medicamentos apropiados contra el paludismo”.

El sarampión es, de todas estas enfermedades infantiles, la más fácil de prevenir. Basta una simple vacuna descubierta hace más de cuarenta años. Mientras los bebés de los países desarrollados la reciben en sus primeros días de vida, en el resto del mundo el sarampión afecta a 30 millones de niños. Sólo en 2002, 540 mil niños murieron y muchos quedaron ciegos a causa de esta enfermedad.

La mayoría de las muertes del planeta se deben a enfermedades que, como el sarampión, tienen cura conocida o que podrían prevenirse con un plan adecuado. Pero las vacunas, las medicinas y la atención sanitaria básica no están aún al alcance de todos. Una situación injusta y evitable que ya es hora de eliminar, porque la enfermedad que más víctimas se cobra es la desigualdad. CCS