El plan migratorio de Bush: una tomadura de pelo

Por Ricardo J. Galarza

Finalmente, el presidente Bush presentó su plan migratorio. Tanto esperar, para tan poco. La medida parecer querer quedar bien con dios y con el diablo: por un lado, les ofrece a los indocumentados un programa de trabajadores huéspedes, y por el otro, los obliga a regresar a sus países de origen en un plazo de seis años.

Y para rematar, la militarización de la frontera. En suma, nada va a cambiar con este plan, salvo el número de víctimas en la divisoria, por si ya no fueran suficientes.

Algunos críticos proponen ahora que el presidente cambie su plan por el de los senadores Kennedy y McCain, que es una versión light del de Bush, con un programa de legalización y patrullajes fronterizos más flexibles, pero que tampoco va a solucionar el tema migratorio.

Aun cuando Bush se enrocara en un plan de ese tipo ­cosa que tampoco parece factible—, no va a solucionar el problema.

Sucede que todas estas iniciativas, tanto la de Bush como la de Kennedy y McCain, y otras que andan en danza en el Capitolio, erran en el enfoque de la problemática, pues parten de la base de que la solución está en el detenimiento, o reducción, del flujo migratorio. Y esto no va a suceder.

¿Cuál es la solución entonces? Pues bien, si lo que se busca es detener el flujo migratorio no hay solución; la inmigración va a continuar; e incluso va aumentar pase lo que pase, a menos que se reduzca también la brecha económica norte-sur, lo cual a esta altura suena más bien a cuento del tío.

La solución, entonces, no pasa por reducir el flujo sino por legalizarlo.

Seamos serios. A esta altura, la disparidad económica es tan abismal que no van a detener la inmigración ilegal.

El planteamiento del citado columnista no es otra cosa que el fiel reflejo del desconcierto que existe en torno al tema. Y es que nos hemos trazado resolver el problema por donde no es, por donde no va. Seguimos buscando el hueco entre la ligazón del nudo gordiano. Pensamos, ideamos y criticamos propuestas bajo la falsa premisa de detener el flujo migratorio.

Dejémonos de pavadas: es in-de-te-ni-ble, por lo menos en este momento y acaso por lo que resta del siglo.

El problema con nuestros políticos, y también con nuestros columnistas y otros forjadores de opinión, es que pretenden dar cátedra sobre el tema sin conocer los lugares de donde emigra la gente, y adonde luego también, desgraciadamente, regresan los cadáveres de aquellos que murieron en el intento.

Está claro que las condiciones en los países expulsores son insufribles. Nadie arriesga la vida a menos que ésta sea una verdadera miseria.

Realmente hay que ver cómo se vive en ciertas zonas rurales de El Salvador, Guatemala o México para entenderlo. Hay que ver la pobreza cara a cara, que no es lo mismo que cuando se analiza desde los prolijos guarismos del Banco Mundial con una taza de Starbucks en la mano.

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