El fin de la era Bush

La política internacional neocon ha fracasado en todo el planeta. Ante las elecciones, el mundo muestra su repulsa contra las guerras unilaterales, las mentiras y las ‘cazas de brujas’.

Los votantes de Estados Unidos están a punto de elegir al presidente que ponga fin al segundo mandato de George W. Bush en la Casa Blanca, quien pasará a la Historia, sin duda alguna, como uno de sus más nefastos ocupantes. Pocos ha habido, en la larga lista de los cuarenta y tres personajes que desde 1789 han ejercido ese cargo, que le superen en el número y gravedad de los errores cometidos, en su funesta repercusión internacional y en la inanidad y vaciedad de muchos de sus juicios y opiniones.

Conviene recordar lo que en junio del 2002 proclamó Bush en la Academia Militar de West Point: “América [es decir, Estados Unidos] posee -y se propone conservar- un poder militar imbatible, por lo que ya no tendrán razón de ser las desestabilizadoras carreras de armamento de tiempos pasados, y las rivalidades se limitarán al comercio y a otras formas de lograr la paz”.

Así, borraba de un plumazo la existencia de otras grandes potencias y destinaba a los demás países, débiles y apocados (recuérdense las alusiones a la “vieja Europa”), a la secundaria tarea de comerciar y buscar la paz.

Esta insólita teoría estratégica, producto de los neocons que llegaron a considerar a EEUU como la segunda Roma, se fue deshaciendo en los años siguientes como un cubito de hielo en un vaso de agua, a medida que la guerra global contra el terror iba encallando en sus sucesivos e inocultables fracasos.

Fracasó, para empezar, en todos los principales objetivos propuestos. La cabeza visible del terrorismo, Osama ben Laden, al que se esperaba en Estados Unidos “vivo o muerto”, sigue campando por sus montañas. Al Qaeda se extendió a otros países y parece reforzarse al paso del tiempo. Y aunque los talibanes fueron oficialmente derrotados en noviembre del 2001, Afganistán está en una espiral descendente, según los servicios de inteligencia de EEUU; la corrupción se extiende en los órganos de gobierno; prospera el cultivo de opio y el narcotráfico, y la actividad aérea de las fuerzas ocupantes, causando víctimas civiles, produce un creciente rechazo en la población.

Pakistán ha entrado en una grave crisis, también como consecuencia de la guerra contra el terror de Bush. Muchas zonas fronterizas con Afganistán sirven de refugio a talibanes y yihadistas. Los ataques aéreos de Estados Unidos contra algunos poblados atizan la hostilidad de la población pakistaní contra el aliado estadounidense.

También está el fracaso general de Estados Unidos y sus aliados en Irak, aunque la violencia local haya disminuido en los últimos meses. Ninguno de los planes iniciales de la invasión tuvo éxito; muchas prácticas relacionadas con la operación (Guantánamo, Abu Ghraib, etc.) destrozaron el prestigio de Estados Unidos. Por otro lado, Irán, uno de los miembros del “eje del mal”, está reforzando su posición en la zona, ejerce notable influencia sobre el régimen chiita iraquí y prosigue el desarrollo de su industria nuclear.

Añádanse Somalia, Líbano, Georgia... No hay rincón del mundo donde la actuación de Estados Unidos no haya sido orientada por una realidad virtual fabricada en Washington.

No se vea en esta valoración una muestra de hostilidad hacia Estados Unidos, el mal llamado antiamericanismo. Lo que se juega en ese país estos días desborda con mucho su política interior y preocupa fuera de sus fronteras. Que Obama o McCain ocupen la casa Blanca nos va a afectar a todos. Algo que determinará si habrá o no guerra o paz en este o en aquel territorio. Que influirá en cómo se aborde el problema del cambio climático. Que decidirá el modo de afrontar la actual crisis económica que a todos nos afecta. Y muchas cosas más.

Debemos, por tanto, expresar con claridad nuestros deseos: no más guerras preventivas unilateralmente declaradas, no más engaños ni mentiras en la búsqueda de enemigos y que sea la razón humana, inteligente e informada, la que domine las decisiones tomadas en el Despacho Oval de la Casa Blanca y no las voces de una irracional divinidad que habla a través de la Biblia.

POR ALBERTO PIRIS /CCS